No toda la
investigación científica procura el conocimiento objetivo. Así, la lógica y la
matemática —esto es, los diversos sistemas de lógica formal y los diferentes
capítulos de la matemática pura— son racionales, sistemáticos y verificables,
pero no son objetivos; no nos dan informaciones acerca de la realidad:
simplemente, no se ocupan de los hechos. La lógica y la matemática tratan de
entes ideales; estos entes, tanto los abstractos como los interpretados, sólo
existen en la mente humana. A los lógicos y matemáticos no se les da objetos de
estudio: ellos construyen sus propios objetos. Es verdad que a menudo lo hacen
por abstracción de objetos reales (naturales y sociales); más aún, el trabajo
del lógico o del matemático satisface a menudo las necesidades del naturalista,
del sociólogo o del tecnólogo, y es por esto que la sociedad los tolera y,
ahora, hasta los estimula. Pero la materia prima que emplean los lógicos y los
matemáticos no es fáctica sino ideal.
Por
ejemplo, el concepto de número abstracto nació, sin duda, de la coordinación (correspondencia
biunívoca) de conjuntos de objetos materiales, tales como dedos, por una parte,
y guijarros, por la otra; pero no por esto aquel concepto se reduce a esta
operación manual, ni a los signos que se emplean para representarlo. Los
números no existen fuera de nuestros cerebros, y aun allí dentro existen al
nivel conceptual, y no al nivel fisiológico. Los objetos materiales son
numerables siempre que sean discontinuos; pero no son números; tampoco son números
puros (abstractos) sus cualidades o relaciones. En el mundo real encontramos 3
libros, en el mundo de la ficción construimos 3 platos voladores. ¿Pero quién
vio jamás un 3, un simple 3?
La lógica
y la matemática, por ocuparse de inventar entes formales y de establecer
relaciones entre ellos, se llaman a menudo ciencias formales, precisamente
porque sus objetos no son cosas ni procesos, sino, para emplear el lenguaje
pictórico, formas en las que se puede verter un surtido ilimitado de
contenidos, tanto fácticos como empíricos. Esto es, podemos establecer
correspondencias entre esas formas (u objetos formales), por una parte, y cosas
y procesos pertenecientes a cualquier nivel de la realidad por la otra. Así es
como la física, la química, la fisiología, la psicología, la economía, y las
demás ciencias recurren a la matemática, empleándola como herramienta para
realizar la más precisa reconstrucción de las complejas relaciones que se
encuentran entre los hechos y entre los diversos aspectos de los hechos; dichas
ciencias no identifican las formas ideales con los objetos concretos, sino que
interpretan las primeras en términos de hechos y de experiencias (o, lo que es
equivalente, formalizan enunciados fácticos).
Lo mismo
vale para la lógica formal: algunas de sus partes —en particular, pero no
exclusivamente, la lógica proposicional bivalente— pueden hacerse corresponder
a aquellas entidades psíquicas que llamamos pensamientos. Semejante aplicación
de las ciencias de la forma pura a la inteligencia del mundo de los hechos, se
efectúa asignando diferentes interpretaciones a los objetos formales. Estas
interpretaciones son, dentro de ciertos límites, arbitrarias; vale decir, se
justifican por el éxito, la conveniencia o la ignorancia. En otras palabras el
significado fáctico o empírico que se les asigna a los objetos formales no es
una propiedad intrínseca de los mismos. De esta manera, las ciencias formales
jamás entran en conflicto con la realidad. Esto explica la paradoja de que,
siendo formales, se "aplican" a la realidad: en rigor no se aplican,
sino que se emplean en la vida cotidiana y en las ciencias fácticas a condición
de que se les superpongan reglas de correspondencia adecuada. En suma, la
lógica y la matemática establecen contacto con la realidad a través del puente
del lenguaje, tanto el ordinario como el científico.
Tenemos
así una primera gran división de las ciencias, en formales (o ideales) y
fácticas (o materiales). Esta ramificación preliminar tiene en cuenta el objeto
o tema de las respectivas disciplinas; también da cuenta de la diferencia de
especie entre los enunciados que se proponen establecer las ciencias formales y
las fácticas: mientras los enunciados formales consisten en relaciones entre
signos, los enunciados de las ciencias fácticas se refieren, en su mayoría, a
entes extracientíficos: a sucesos y procesos. Nuestra división también tiene en
cuenta el método por el cual se ponen a prueba los enunciados verificables:
mientras las ciencias formales se contentan con la lógica para demostrar
rigurosamente sus teoremas (los que, sin embargo, pudieron haber sido
adivinados por inducción común o de otras maneras), las ciencias fácticas
necesitan más que la lógica formal: para confirmar sus conjeturas necesitan de
la observación y/o experimento. En otras palabras, las ciencias fácticas tienen
que mirar las cosas, y, siempre que les sea posible, deben procurar cambiarlas
deliberadamente para intentar descubrir en qué medida sus hipótesis se adecúan
a los hechos.
Cuando se
demuestra un teorema lógico o matemático no se recurre a la experiencia: el
conjunto de postulados, definiciones, reglas de formación de las expresiones
dotadas de significado, y reglas de inferencia deductiva —en suma, la base de
la teoría dada—, es necesaria y suficiente para ese propósito. La demostración
de los teoremas no es sino una deducción: es una operación confinada a la
esfera teórica, aun cuando a veces los teoremas mismos (no sus demostraciones)
sean sugeridos en alguna esfera extramatemática y aun cuando su prueba (pero no
su primer descubrimiento) pueda realizarse con ayuda de calculadoras
electrónicas. Por ejemplo, cualquier demostración rigurosa del teorema de
Pitágoras prescinde de las mediciones, y emplea figuras sólo como ayuda
psicológica al proceso deductivo: que el teorema de Pitágoras haya sido el
resultado de un largo proceso de inducción conectado a operaciones prácticas de
mediciones de tierras, es objeto de la historia, la sociología y la psicología
del conocimiento.
La
matemática y la lógica son, en suma, ciencias deductivas. El proceso
constructivo, en que la experiencia desempeña un gran papel de sugerencias, se
limita a la formación de los puntos de partida (axiomas). En matemática la
verdad consiste, por esto, en la coherencia del enunciado dado con un sistema
de ideas admitido previamente: por esto, la verdad matemática no es absoluta
sino relativa a ese sistema, en el sentido de que una proposición que es válida
en una teoría puede dejar de ser lógicamente verdadera en otra teoría. (Por
ejemplo, en el sistema de aritmética que empleamos para contar las horas del
día, vale la proposición de 24 + 1 = 1.) Más aún las teorías matemáticas
abstractas, esto es, que contienen términos no interpretados (signos a los que
no se atribuye un significado fijo, y que por lo tanto pueden adquirir
distintos significados) pueden desarrollarse sin poner atención al problema de
la verdad.
Considérese
el siguiente axioma de cierta teoría abstracta (no interpretada): "Existe
por lo menos un x tal que es F". Se puede dar un número ilimitado de
interpretaciones (modelos) de este axioma, dándose a x y F otros tantos
significados. Si decimos que S designa punto, obtenemos un modelo geométrico
dado: si adoptamos la convención de que L designa número, obtenemos un cierto
modelo aritmético, y así sucesivamente. En cuanto "llenamos" la forma
vacía con un contenido específico (pero todavía matemático), obtenemos un
sistema de entes lógicos que tienen el privilegio de ser verdaderos o falsos
dentro del sistema dado de proposiciones: a partir de ahí tenemos que
habérnoslas con el problema de la verdad matemática. Aun así tan sólo las
conclusiones (teoremas) tendrán que ser verdaderas: los axiomas mismos pueden
elegirse a voluntad. La batalla se habrá ganado si se respeta la coherencia
lógica esto es, si no se violan las leyes del sistema de lógica que se ha
convenido en usar.
En las
ciencias fácticas, la situación es enteramente diferente. En primer lugar,
ellas no emplean símbolos vacíos (variables lógicas) sino tan sólo símbolos interpretados;
por ejemplo no involucran expresiones tales como 'x es F', que no son
verdaderas ni falsas. En segundo lugar, la racionalidad —esto es, la coherencia
con un sistema de ideas aceptado previamente— es necesaria pero no suficiente
para los enunciados fácticos; en particular la sumisión a algún sistema de
lógica es necesaria pero no es una garantía de que se obtenga la verdad. Además
de la racionalidad, exigimos de los enunciados de las ciencias fácticas que
sean verificables en la experiencia, sea indirectamente (en el caso de las
hipótesis generales), sea directamente (en el caso de las consecuencias
singulares de las hipótesis). Únicamente después que haya pasado las pruebas de
la verificación empírica podrá considerarse que un enunciado es adecuado a su
objeto, o sea que es verdadero, y aun así hasta nueva orden. Por eso es que el
conocimiento fáctico verificable se llama a menudo ciencia empírica.
En
resumidas cuentas, la coherencia es necesaria pero no suficiente en el campo de
las ciencias de hechos: para anunciar que un enunciado es (probablemente)
verdadero se requieren datos empíricos (proposiciones acerca de observaciones o
experimentos). En última instancia, sólo la experiencia puede decimos si una
hipótesis relativa a cierto grupo de hechos materiales es adecuada o no. El
mejor fundamento de esta regla metodológica que acabamos de enunciar es que la
experiencia le ha enseñado a la humanidad que el conocimiento de hecho no es
convencional, que si se busca la comprensión y el control de los hechos debe
partirse de la experiencia. Pero la experiencia no garantizará que la hipótesis
en cuestión sea la única verdadera: sólo nos dirá que es probablemente
adecuada, sin excluir por ello la posibilidad de que un estudio ulterior pueda
dar mejores aproximaciones en la reconstrucción conceptual del trozo de
realidad escogido. El conocimiento fáctico, aunque racional, es esencialmente
probable: dicho de otro modo: la inferencia científica es una red de
inferencias deductivas (demostrativas) y probables (inconcluyentes).
Las
ciencias formales demuestran o prueban: las ciencias fácticas verifican
(confirman o disconfirman) hipótesis que en su mayoría son provisionales. La
demostración es completa y final; la verificación es incompleta y por eso
temporaria. La naturaleza misma del método científico impide la confirmación
final de las hipótesis fácticas. En efecto los científicos no sólo procuran
acumular elementos de prueba de sus suposiciones multiplicando el número de
casos en que ellas se cumplen; también tratan de obtener casos desfavorables a
sus hipótesis, fundándose en el principio lógico de que una sola conclusión que
no concuerde con los hechos tiene más peso que mil confirmaciones. Por ello,
mientras las teorías formales pueden ser llevadas a un estado de perfección (o
estancamiento), los sistemas relativos a los hechos son esencialmente
defectuosos: cumplen, pues, la condición necesaria para ser perfectibles. En
consecuencia si el estudio de las ciencias formales vigoriza el hábito del
rigor, el estudio de las ciencias fáctiles puede inducimos a considerar el
mundo como inagotable, y al hombre como una empresa inconclusa e interminable.
Las
diferencias de método, tipo de enunciados y referentes que separan las ciencias
fácticas de las formales, impiden que se las examine conjuntamente más allá de
cierto punto. Por ser una ficción seria, rigurosa y a menudo útil, pero ficción
al cabo, la ciencia formal requiere un tratamiento especial. En lo que sigue
nos concentraremos en la ciencia fáctica. Daremos un vistazo a las
características peculiares de las ciencias de la naturaleza y de la cultura en
su estado actual, con la esperanza de que la ciencia futura enriquezca sus
cualidades o, al menos, de que las civilizaciones por venir hagan mejor uso del
conocimiento científico.
Los rasgos
esenciales del tipo de conocimiento que alcanzan las ciencias de la naturaleza
y de la sociedad son la racionalidad y la objetividad. Por conocimiento
racional se entiende:
a. que
está constituido por conceptos, juicios y raciocinios y no por sensaciones,
imágenes, pautas de conducta, etc. Sin duda, el científico percibe, forma
imágenes (por ejemplo, modelos visualizables) y hace operaciones; por tanto el
punto de partida como el punto final de su trabajo son ideas;
b. que
esas ideas pueden combinarse de acuerdo con algún conjunto de reglas lógicas
con el fin de producir nuevas ideas (inferencia deductiva). Estas no son
enteramente nuevas desde un punto de vista estrictamente lógico, puesto que
están implicadas por las premisas de la deducción; pero no gnoseológicamente
nuevas en la medida en que expresan conocimientos de los que no se tenía
conciencia antes de efectuarse la deducción;
c. que
esas ideas no se amontonan caóticamente o, simplemente, en forma cronológica,
sino que se organizan en sistemas de ideas, esto es en conjuntos ordenados de
proposiciones (teorías).
Que el
conocimiento científico de la realidad es objetivo, significa:
a. que
concuerda aproximadamente con su objeto; vale decir que busca alcanzar la
verdad fáctica;
b. que
verifica la adaptación de las ideas a los hechos recurriendo a un comercio
peculiar con los hechos (observación y experimento), intercambio que es
controlable y hasta cierto punto reproducible.
Ambos
rasgos de la ciencia fáctica, la racionalidad y la objetividad, están
íntimamente soldados. Así, por ejemplo, lo que usualmente se verifica por medio
del experimento es alguna consecuencia —extraída por vía deductiva— de alguna
hipótesis; otro ejemplo: el cálculo no sólo sigue a la observación sino que
siempre es indispensable para planearla y registrarla. La racionalidad y
objetividad del conocimiento científico pueden analizarse en un cúmulo de
características que pasaremos revista en el siguiente tema.
Inventario de las principales
características de la ciencia fáctica
1. El conocimiento científico es fáctico:
parte de los hechos, los respeta hasta cierto punto, y siempre vuelve a ellos.
La ciencia intenta describir los hechos tal como son, independientemente de su
valor emocional o comercial: la ciencia no poetiza los hechos ni los vende, si
bien sus hazañas son una fuente de poesía y de negocios. En todos los campos,
la ciencia comienza estableciendo los hechos; esto requiere curiosidad impersonal,
desconfianza por la opinión prevaleciente, y sensibilidad a la novedad.
Los
enunciados fácticos confirmados se llaman usualmente "datos
empíricos"; se obtienen con ayuda de teorías (por esquemáticas que sean) y
son a su vez la materia prima de la elaboración teórica. Una subclase de datos
empíricos es de tipo cuantitativo; los datos numéricos y métricos se disponen a
menudo en tablas, las más importantes de las cuales son las tablas de
constantes (tales como las de los puntos de fusión de las diferentes
sustancias). Pero la recolección de datos y su ulterior disposición en tablas
no es la finalidad principal de la investigación: la información de esta clase
debe incorporarse a teorías si ha de convertirse en una herramienta para la
inteligencia y la aplicación. ¿De qué sirve conocer el peso específico del
hierro si carecemos de fórmulas mediante las cuales podemos relacionarlos con
otras cantidades?
No siempre
es posible, ni siquiera deseable, respetar enteramente los hechos cuando se los
analiza, y no hay ciencia sin análisis, aun cuando el análisis no sea sino un
medio para la reconstrucción final de los todos. El físico atómico perturba el
átomo al que desea espiar; el biólogo modifica e incluso puede matar al ser
vivo que analiza; el antropólogo empeñado en el estudio de campo de una
comunidad provoca en ella ciertas modificaciones. Ninguno de ellos aprehende su
objeto tal como es, sino tal como queda modificado por sus propias operaciones;
sin embargo, en todos los casos tales cambios son objetivos, y se presume que
pueden entenderse en términos de leyes: no son conjurados arbitrariamente por
el experimentador. Más aún, en todos los casos el investigador intenta
describir las características y el monto de la perturbación que produce en el
acto del experimento; procura, en suma estimar la desviación o
"error" producido por su intervención activa. Porque los científicos
actúan haciendo tácitamente la suposición de que el mundo existiría aun en su
ausencia, aunque desde luego, no exactamente de la misma manera.
2. El conocimiento científico trasciende los
hechos: descarta los hechos, produce nuevos hechos, y los explica. El
sentido común parte de los hechos y se atiene a ellos: a menudo se imita al
hecho aislado, sin ir muy lejos en el trabajo de correlacionarlo con otros o de
explicarlo. En cambio, la investigación científica no se limita a los hechos
observados: los científicos exprimen la realidad a fin de ir más allá de las
apariencias; rechazan el grueso de los hechos percibidos, por ser un montón de
accidentes, seleccionan los que consideran que son relevantes, controlan hechos
y, en lo posible, los reproducen. Incluso producen cosas nuevas desde
instrumentos hasta partículas elementales; obtienen nuevos compuestos químicos,
nuevas variedades vegetales y animales, y al menos en principio, crean nuevas
pautas de conducta individual y social.
Más aún,
los científicos usualmente no aceptan nuevos hechos a menos que puedan
certificar de alguna manera su autenticidad; y esto se hace, no tanto contrastándolos
con otros hechos, cuanto mostrando que son compatibles con lo que se sabe. Los
científicos descartan las imposturas y los trucos mágicos porque no encuadran
en hipótesis muy generales y fidedignas, que han sido puestas a prueba en
incontables ocasiones. Vale decir, los científicos no consideran su propia
experiencia individual como un tribunal inapelable; se fundan, en cambio, en la
experiencia colectiva y en la teoría.
Hay más:
el conocimiento científico racionaliza la experiencia en lugar de limitarse a
describirla; la ciencia da cuenta de los hechos no inventariándolos sino
explicándolos por medio de hipótesis (en particular, enunciados de leyes) y
sistemas de hipótesis (teorías). Los científicos conjeturan lo que hay tras los
hechos observados, y de continuo inventan conceptos (tales como los del átomo,
campo, masa, energía, adaptación, integración, selección, clase social, o
tendencia histórica) que carecen de correlato empírico, esto es, que no
corresponden a preceptos, aun cuando presumiblemente se refieren a cosas,
cualidades o relaciones existentes objetivamente. No percibimos los campos
eléctricos o las clases sociales: inferimos su existencia a partir de hechos
experimentables y tales conceptos son significativos tan sólo en ciertos contextos
teóricos.
Este
trascender la experiencia inmediata, ese salto del nivel observacional al
teórico, le permite a la ciencia mirar con desconfianza los enunciados
sugeridos por meras coincidencias; le permite predecir la existencia real de
las cosas y procesos ocultos a primera vista pero que instrumentos (materiales
o conceptuales) más potentes pueden descubrir. Las discrepancias entre las
previsiones teóricas y los hallazgos empíricos figuran entre los estímulos más
fuertes para edificar teorías nuevas y diseñar nuevos experimentos. No son los
hechos por sí mismos sino su elaboración teórica y la comparación de las
consecuencias de las teorías con los datos observacionales, la principal fuente
del descubrimiento de nuevos hechos.
3. La ciencia es analítica: la
investigación científica aborda problemas circunscriptos, uno a uno, y trata de
descomponerlo todo en elementos (no necesariamente últimos o siquiera reales).
La investigación científica no se planta cuestiones tales como "¿Cómo es
el universo en su conjunto?", o "¿Cómo es posible el
conocimiento?" Trata, en cambio, de entender toda situación total en
términos de sus componentes: intenta descubrirlos elementos que explican su
integración.
Los
problemas de la ciencia son parciales y así son también, por consiguiente, sus
soluciones; pero, más aún: al comienzo los problemas son estrechos o es preciso
estrecharlos. Pero, a medida que la investigación avanza, su alcance se amplía.
Los resultados de la ciencia son generales, tanto en el sentido de que se
refieren a clases de objetos (por ejemplo, la lluvia), como en que están, o
tienden a ser incorporados en síntesis conceptuales llamadas teorías. El
análisis, tanto de los problemas como de las cosas, no es tanto un objetivo
como una herramienta para construir síntesis teóricas. La ciencia auténtica no
es atomista ni totalista.
La
investigación comienza descomponiendo sus objetos a fin de descubrir el
"mecanismo" interno responsable de los fenómenos observados. Pero el
desmontaje del mecanismo no se detiene cuando se ha investigado la naturaleza
de sus partes; el próximo paso es el examen de la interdependencia de las
partes, y la etapa final es la tentativa de reconstruir el todo en términos de
sus partes interconectadas. El análisis no acarrea el descuido de la totalidad;
lejos de disolver la integración, el análisis es la única manera conocida de
descubrir cómo emergen, subsisten y se desintegran los todos. La ciencia no
ignora la síntesis: lo que sí rechaza es la pretensión irracionalista de que
las síntesis pueden ser aprehendidas por una intuición especial, sin previo
análisis.
4. La investigación científica es
especializada: una consecuencia del enfoque analítico de los problemas es
la especialización. No obstante la unidad del método científico, su aplicación
depende, en gran medida, del asunto; esto explica la multiplicidad de técnicas
y la relativa independencia de los diversos sectores de la ciencia.
Sin
embargo, es menester no exagerar la diversidad de las ciencias al punto de
borrar su unidad metodológica. El viejo dualismo materia-espíritu había
sugerido la división de las ciencias en Naturvvissenschaften, o ciencias de la
naturaleza, y Geisteswissenschaften, o ciencias del espíritu. Pero estos
géneros difieren en cuanto al asunto, a las técnicas y al grado de desarrollo,
no así en lo que respecta al objetivo, método y alcance. El dualismo razón-
experiencia había sugerido, a su vez, la división de las ciencias fácticas en
racionales y empíricas. Menos sostenible aún es la dicotomía ciencias deductivas—ciencias
inductivas, ya que toda empresa científica —sin excluir el dominio de las
ciencias formales— es tan inductiva como deductiva, sin hablar de otros tipos
de inferencia.
La
especialización no ha impedido la formación de campos interdisciplinarios tales
como la biofísica, la bioquímica, la psicofisiología, la psicología social, la
teoría de la información, la cibernética, o la investigación operacional. Con
todo, la investigación tiende a estrechar la visión del científico individual;
un único remedio ha resultado eficaz contra la unilateralidad profesional, y es
una dosis de filosofía.
5. El conocimiento científico es claro y
preciso: sus problemas son distintos, sus resultados son claros. El
conocimiento ordinario, en cambio, usualmente es vago e inexacto; en la vida
diaria nos preocupamos poco por definiciones precisas, descripciones exactas, o
mediciones afinadas: si éstas nos preocuparan demasiado, no lograríamos marchar
al paso de la vida. La ciencia torna impreciso lo que el sentido común conoce
de manera nebulosa; pero, desde luego la ciencia es mucho más que sentido común
organizado: aunque proviene del sentido común, la ciencia constituye una
rebelión contra su vaguedad y superficialidad. El conocimiento científico
procura la precisión; nunca está enteramente libre de vaguedades, pero se las
ingenia para mejorar la exactitud; nunca está del todo libre de error, pero
posee una técnica única para encontrar errores y para sacar provecho de ellos.
La
claridad y la precisión se obtienen en ciencia de las siguientes maneras:
a. los problemas se formulan de manera clara; lo
primero, y a menudo lo más difícil, es distinguir cuáles son los problemas; ni
hay artillería analítica o experimental que pueda ser eficaz si no se ubica
adecuadamente al enemigo;
b. la ciencia parte de nociones que parecen claras al
no iniciado; y las complica, purifica y eventualmente las rechaza; la
transformación progresiva de las nociones corrientes se efectúa incluyéndolas
en esquemas teóricos. Así, por ejemplo, "distancia" adquiere un
sentido preciso al ser incluida en la geometría métrica y en la física;
c. la ciencia define la mayoría de sus conceptos:
algunos de ellos se definen en términos de conceptos no definidos o primitivos,
otros de manera implícita, esto es, por la función que desempeñan en un sistema
teórico (definición contextual). Las definiciones son convencionales, pero no
se las elige caprichosamente: deben ser convenientes y fértiles. (¿De qué vale,
por ejemplo, poner un nombre especial a las muchachas pecosas que estudian
ingeniería y pesan más de 50 kg?) Una vez que se ha elegido una definición, el
discurso restante debe guardarte fidelidad si se quiere evitar inconsecuencias;
d. la ciencia crea lenguajes artificiales inventando
símbolos (palabras, signos matemáticos, símbolos químicos, etc.; a estos signos
se les atribuye significados determinados por medio de reglas de designación
(tal como "en el presente contexto H designa el elemento de peso atómico
unitario"), los símbolos básicos serán tan simples como sea posible, pero
podrán combinarse conforme a reglas determinadas para formar configuraciones
tan complejas como sea necesario (las leyes de combinación de los signos que
intervienen en la producción de expresiones complejas se llaman reglas de
formación);
e. la ciencia procura siempre medir y registrar los
fenómenos. Los números y las formas geométricas son de gran importancia en el
registro, la descripción y la inteligencia de los sucesos y procesos. En lo
posible, tales datos debieran disponerse en tablas o resumirse en fórmulas
matemáticas. Sin embargo, la formulación matemática, deseable como es, no es
una condición indispensable para que el conocimiento sea científico; lo que
caracteriza el conocimiento científico es la exactitud en un sentido general
antes que la exactitud numérica o métrica, la que es inútil si media la
vaguedad conceptual. Más aún, la investigación científica emplea, en medida
creciente, capítulos no numéricos y no métricos de la matemática, tales como la
topología, la teoría de los grupos, o el álgebra de las clases, que no son
ciencias del número y la figura, sino de la relación.
6. El conocimiento científico es comunicable:
no es inefable sino expresable, no es privado sino público. El lenguaje
científico comunica información a quienquiera haya sido adiestrado para
entenderlo. Hay, ciertamente, sentimientos oscuros y nociones difusas, incluso
en el desarrollo de la ciencia (aunque no en la presentación final del trabajo
científico); pero es preciso aclararlos antes de poder estimar su adecuación.
Lo que es inefable puede ser propio de la poesía o de la música, no de la
ciencia, cuyo lenguaje es informativo y no expresivo o imperativo. La
inefabilidad misma es, en cambio, tema de investigación científica, sea psicológica
o lingüística.
La
comunicabilidad es posible gracias a la precisión; y es a su vez una condición
necesaria para la verificación de los datos empíricos y de las hipótesis
científicas. Aun cuando, por "razones" comerciales o políticas, se
mantengan en secreto durante algún tiempo unos trozos del saber, deben ser
comunicables en principio para que puedan ser considerados científicos. La
comunicación de los resultados y de las técnicas de la ciencia no sólo
perfecciona la educación general sino que multiplica las posibilidades de su
confirmación o refutación. La verificación independiente ofrece las máximas
garantías técnicas y morales, y ahora es posible, en muchos campos, en escala
internacional. Por esto, los científicos consideran el secreto en materia
científica como enemigo del progreso de la ciencia; la política del secreto
científico es, en efecto, el más eficaz originador de estancamiento en la
cultura, en la tecnología y en la economía, así como una fuente de corrupción
moral.
7. El conocimiento científico es verificable:
debe aprobar el examen de la experiencia. A fin de explicar un conjunto de
fenómenos, el científico inventa conjeturas fundadas de alguna manera en el
saber adquirido. Sus suposiciones pueden ser cautas o audaces simples o complejas;
en todo caso deben ser puestas a prueba. El test de las hipótesis fácticas es
empírico, esto es, observacional o experimental. El haberse dado cuenta de esta
verdad hoy tan trillada es la contribución inmortal de la ciencia helenística.
En ese sentido, las ideas científicas (incluidos los enunciados de leyes) no
son superiores a las herramientas o a los vestidos: si fracasan en la práctica,
fracasan por entero.
La
experimentación puede calar más profundamente que la observación, porque
efectúa cambios en lugar de limitarse a registrar variaciones: aísla y controla
las variables sensibles o pertinentes. Sin embargo los resultados
experimentales son pocas veces interpretables de una sola manera. Más aún, no
todas las ciencias pueden experimentar; y en ciertos capítulos de la astronomía
y de la economía se alcanza una gran exactitud sin ayuda del experimento. La
ciencia fáctica es por esto empírica en el sentido de que la comprobación de
sus hipótesis involucra la experiencia; pero no es necesariamente experimental
y en particular no es agotada por las ciencias de laboratorio, tales como la
física.
La
prescripción de que las hipótesis científicas deben ser capaces de aprobar el
examen de la experiencia es una de las reglas del método científico; la aplicación
de esta regla depende del tipo de objeto, del tipo de la hipótesis en cuestión
y de los medios disponibles. Por esto se necesita una multitud de técnicas de
verificación empírica. La verificación de la fórmula de un compuesto químico se
hace de manera muy diferente que la verificación de un cálculo astronómico o de
una hipótesis concerniente al pasado de las rocas o de los hombres. Las curso
del tiempo; sin embargo, siempre consisten en poner a prueba consecuencias
particulares de hipótesis generales (entre ellas, enunciados de leyes). Siempre
se reducen a mostrar que hay, o que no hay, algún fundamento para creer que las
suposiciones en cuestión corresponden a los hechos observados o a los valores
medidos. La verificabilidad hace a la esencia del conocimiento científico; si
así no fuera, no podría decirse que los científicos procuran alcanzar
conocimiento objetivo.
8. La
investigación científica es metódica: no es errática sino planeada. Los
investigadores no tantean en la oscuridad: saben lo que buscan y cómo
encontrarlo. El planeamiento de la investigación no excluye el azar; sólo que,
a hacer un lugar a los acontecimientos imprevistos es posible aprovechar la
interferencia del azar y la novedad inesperada. Más aún a veces el investigador
produce el azar deliberadamente. Por ejemplo, para asegurar la uniformidad de
una muestra, y para impedir una preferencia inconsciente en la elección de sus
miembros, a menudo se emplea la técnica de la casualización, en que la decisión
acerca de los individuos que han de formar parte de ciertos grupos se deja
librada a una moneda o a algún otro dispositivo. De esta manera, el investigador
pone el azar al servicio de orden: en lo cual no hay paradoja, porque el acaso
opera al nivel de los individuos, al par que el orden opera en el grupo con
totalidad.
Todo
trabajo de investigación se funda sobre el conocimiento anterior, y en particular
sobre las conjeturas mejor confirmadas. (Uno de los muchos problemas de la
metodología es, precisamente averiguar cuáles son los criterios para decidir si
una hipótesis dada puede considerarse razonablemente confirmada, eso es, si el
peso que le acuerdan los fundamentos inductivos y de otro orden basta para
conservarla). Más aun, la investigación procede conforme a reglas y técnicas
que han resultado eficaces en el pasado pero que son perfeccionadas
continuamente, no sólo a la luz de nuevas experiencias, sino también de
resultados del examen matemático y filosófico. Una de las reglas de
procedimiento de la ciencia fáctica es la siguiente: las variables relevantes
(o que se sospecha que son sensibles) debieran variarse una cada vez.
La ciencia
fáctica emplea el método experimental concebido en un sentido amplio. Este
método consiste en el test empírico de conclusiones particulares extraídas de
hipótesis generales (tales como "los gases se dilatan cuando se los
calienta" o "los hombres se rebelan cuando se los oprime"). Este
tipo de verificación requiere la manipulación de la observación y el registro
de fenómenos; requiere también el control de las variables o factores
relevantes; siempre que fuera posible debiera incluir la producción artificial
deliberada de los fenómenos en cuestión, y en todos los casos exige el análisis
de los datos obtenidos en el curso de los procedimientos empíricos. Los datos
aislados y crudos son inútiles y no son dignos de confianza; es preciso
elaborarlos, organizados y confrontarlos con las conclusiones teóricas. El
método científico no provee recetas infalibles para encontrar la verdad: sólo
contiene un conjunto de prescripciones falibles (perfectibles) para el
planeamiento de observaciones y experimentos, para la interpretación de sus
resultados, y para el planteo mismo de los problemas. Es, en suma, la manera en
que la ciencia inquiere en lo desconocido. Subordinadas a las reglas generales
del método científico, y al mismo tiempo en apoyo de ellas, encontramos las
diversas técnicas que se emplean en las ciencias especiales: las técnicas para
pesar, para observar por el microscopio, para analizar compuestos químicos,
para dibujar gráficos que resumen datos empíricos, para reunir informaciones
acerca de costumbres, etc. La ciencia es pues, esclava de sus propios métodos y
técnicas mientras éstos tienen éxito: pero es libre de multiplicar y de
modificar en todo momento sus reglas, en aras de mayor racionalidad y
objetividad.
9. El conocimiento científico es sistemático:
una ciencia no es un agregado de informaciones inconexas, sino un sistema de
ideas conectadas lógicamente entre sí. Todo sistema de ideas caracterizado por
cierto conjunto básico (pero refutable) de hipótesis peculiares, y que procura
adecuarse a una clase de hechos, es una teoría. Todo capítulo de una ciencia
especial contiene teorías o sistemas de ideas que están relacionadas
lógicamente entre sí, esto es, que están ordenadas mediante la relación"
implica". Esta conexión entre las ideas puede calificarse de orgánica, en
el sentido de que la sustitución de cualquiera de las hipótesis básicas produce
un cambio radical en la teoría o grupo de teorías.
El
fundamento de una teoría dada no es un conjunto de hechos sino, más bien, un
conjunto de principios, o hipótesis de cierto grado de generalidad (y, por
consiguiente, de cierta fertilidad lógica). Las conclusiones (o teoremas)
pueden extraerse de los principios, sea en la forma natural, o con la ayuda de
técnicas especiales que involucran operaciones matemáticas.
El
carácter matemático del conocimiento científico —esto es, el hecho de que es
fundado, ordenado y coherente— es lo que lo hace racional. La racionalidad
permite que el progreso científico se efectúe no sólo por la acumulación
gradual de resultados, sino también por revoluciones. Las revoluciones
científicas no son descubrimientos de nuevos hechos aislados, ni son
perfeccionamientos en la exactitud de las observaciones, sino que consisten en
la sustitución de hipótesis de gran alcance (principios) por nuevos axiomas, y
en el reemplazo de teorías enteras por otros sistemas teóricos. Sin embargo,
semejantes revoluciones son a menudo provocadas por el descubrimiento de nuevos
hechos de los que no dan cuenta las teorías anteriores, aunque a veces se
encuentran en el proceso de comprobación de dichas teorías; y las nuevas
teorías se toman verificables en muchos casos, merced a la invención de nuevas
técnicas de medición, de mayor precisión.
10. El conocimiento científico es general:
ubica los hechos singulares en pautas generales, los enunciados particulares en
esquemas amplios. El científico se ocupa del hecho singular en la medida en que
éste es miembro de una clase o caso de una ley; más aún, presupone que todo
hecho es clasificable y legal. No es que la ciencia ignore la cosa individual o
el hecho irrepetible; lo que ignora es el hecho aislado. Por esto la ciencia no
se sirve de los datos empíricos —que siempre son singulares— como tales; éstos
son mudos mientras no se los manipula y convierte en piezas de estructuras
teóricas.
En efecto,
uno de los principios ontológicos que subyacen a la investigación científica es
que la variedad y aun la unicidad en algunos respectos son compatibles con la
uniformidad y la generalidad en otros respectos. Al químico no le interesa ésta
o aquella hoguera, sino el proceso de combustión en general: trata de descubrir
lo que comparten todos los singulares. El científico intenta exponer los
universales que se esconden en el seno de los propios singulares; es decir, no
considera los universales ante rem ni
post rem sino in re: en la cosa, y no antes o después de ella. Los escolásticos
medievales clasificarían al científico moderno como realista inmanentista,
porque, al descartar los detalles al procurar descubrir los rasgos comunes a
individuos que son únicos en otros respectos, al buscar las variables
pertinentes (o cualidades esenciales) y las relaciones constantes entre ellas
(las leyes), el científico intenta exponer la naturaleza esencial de las cosas
naturales y humanas.
El
lenguaje científico no contiene solamente términos que designan hechos
singulares y experiencias individuales, sino también términos generales que se
refieren a clases de hechos. La generalidad del lenguaje de la ciencia no
tiene, sin embargo, el propósito de alejar a la ciencia de la realidad
concreta: por el contrario, la generalización es el único medio que se conoce
para adentrarse en lo concreto, para apresar la esencia de las cosas (sus
cualidades y leyes esenciales). Con esto, el científico evita en cierta medida
las confusiones y los engaños provocados por el flujo deslumbrador de los
fenómenos. Tampoco se asfixia la utilidad en la generalidad: por el contrario,
los esquemas generales de la ciencia encuadran una cantidad ilimitada de casos
específicos, proveen leyes de amplio alcance que incluyen y corrigen todas las
recetas válidas de sentido común y de la técnica precientífica.
11. El conocimiento científico es legal:
busca leyes (de la naturaleza y de la cultura) y las aplica. El conocimiento
científico inserta los hechos singulares en pautas generales llamadas "
leyes naturales" o "leyes sociales". Tras el desorden y la
fluidez de las apariencias, la ciencia fáctica descubre las pautas regulares de
la estructura y del proceso del ser y del devenir. En la medida en que la
ciencia es legal, es esencialista: intenta legar a la raíz de las cosas.
Encuentra la esencia en las variables relevantes y en las relaciones
invariantes entre ellas. Hay leyes de hechos y leyes mediante las cuales se
pueden explicar otras leyes. El principio de Arquímedes pertenece a la primera
clase; pero a su vez puede deducirse de los principios generales de la
mecánica; por consiguiente, ha dejado de ser un principio independiente, y
ahora es un teorema deducible de hipótesis de nivel más elevado. Las leyes de
la física proveen la base de las leyes de las combinaciones químicas; las leyes
de la fisiología explican ciertos fenómenos psíquicos; y las leyes de la
economía pertenecen a los fundamentos de la sociología. Es decir, los
enunciados de las leyes se organizan en una estructura de niveles. Ciertamente,
los enunciados de las leyes son transitorios; pero ¿son inmutables las leyes mismas?
Si se considera a las leyes como las pautas mismas del ser y del devenir,
entonces debieran cambiar junto con las cosas mismas; por lo menos, debe
admitirse que, al emerger nuevos niveles, sus cualidades peculiares se
relacionan entre sí mediante nuevas leyes. Por ejemplo, las leyes de la
economía han emergido en el curso de la historia sobre la base de otras leyes
(biológicas y psicológicas) y, más aún, algunas de ellas cambian con el tipo de
organización social.
Por
supuesto, no todos los hechos singulares conocidos han sido ya convertidos en
casos particulares de leyes generales; en particular los sucesos y procesos de
los niveles superiores han sido legalizados sólo en pequeña medida. Pero esto
se debe en parte al antiguo prejuicio de que lo humano no es legal, así como a
la antigua creencia pitagórica de que solamente las relaciones numéricas
merecen llamarse" leyes científicas". Debiera emplearse el stock
íntegro de las herramientas conceptuales en la búsqueda de las leyes de la
mente y de la cultura; más aún, acaso el stock de que se dispone es
insuficiente y sea preciso inventar herramientas radicalmente nuevas para
tratar los fenómenos mentales y culturales, tal como el nacimiento de la
mecánica moderna hubiera sido imposible sin la invención expresa del cálculo
infinitesimal.
Pero el
ulterior avance en el progreso de la legalización de los fenómenos no físicos
requiere por sobre todo, una nueva actitud frente al concepto mismo de ley
científica. En primer lugar, es preciso comprender que hay muchos tipos de
leyes (aun dentro de una misma ciencia), ninguno de los cuales es
necesariamente mejor que los tipos restantes. En segundo lugar, debiera tomarse
un lugar común entre los científicos de la cultura el que las leyes no se
encuentran por mera observación y el simple registro sino poniendo a prueba
hipótesis: los enunciados de leyes no son, en efecto, sino hipótesis
confirmadas. Y cómo habríamos de emprender la confección de hipótesis
científicas si no presumiéramos que todo hecho singular es legal?
12. La ciencia es explicativa: intenta
explicar los hechos en términos de leyes, y las leyes en términos de principios.
Los científicos no se conforman con descripciones detalladas; además de
inquirir cómo son las cosas, procuran responder al por qué: por qué ocurren los
hechos como ocurren y no de otra manera. La ciencia deduce proposiciones
relativas a hechos singulares a parí ir de leyes generales, y deduce las leyes
a partir de enunciados nomológicos aún más generales (principios). Por ejemplo,
las leyes de Kepler explicaban una colección de hechos observados del
movimiento planetario; y Newton explicó esas leyes deduciéndolas de principios
generales explicación que permitió a otros astrónomos dar cuenta de las
irregularidades de las órbitas de los planetas que eran desconocidas para
Kepler.
Solía
creerse que explicar es señalar la causa, pero en la actualidad se reconoce que
la explicación causal no es sino un tipo de explicación científica. La
explicación científica se efectúa siempre en términos de leyes, y las leyes
causales no son sino una subclase de las leyes científicas. Hay diversos tipos
de leyes científicas y, por consiguiente, hay una variedad de tipos de
explicación científica: morfológicas, cinemáticas, dinámicas, de composición,
de conservación, de asociación, de tendencias globales, dialécticas,
teleológicas, etc.
La
historia de la ciencia enseña que las explicaciones científicas se corrigen o
descartan sin cesar. ¿Significa esto que son todas falsas? En las ciencias
fácticas, la verdad y el error no son del todo ajenos entre sí: hay verdades
parciales y errores parciales; hay aproximaciones buenas y otras malas. La
ciencia no obra como Penélope, sino que emplea la tela tejida ayer. Las
explicaciones científicas no son finales pero son perfectibles.
13. El conocimiento científico es predictivo:
Trasciende la masa de los hechos de experiencia, imaginando cómo puede haber
sido el pasado y cómo podrá ser el futuro. La predicción es, en primer lugar,
una manera eficaz de poner a prueba las hipótesis; pero también es la clave del
control y aun de la modificación del curso de los acontecimientos. La predicción
científica en contraste con la profecía se funda sobre leyes y sobre
informaciones específicas fidedignas, relativas al estado de cosas actual o
pasado. No es del tipo "ocurrirá E", sino más bien de este otro:
"ocurrirá E1 siempre que suceda C1 pues siempre que
sucede C es seguido por o está asociado con E". C y E designan clases de
sucesos en tanto que C, y E, denotan los hechos específicos que se predicen
sobre la base del o los enunciados que conectan a C con E en general.
La
predicción científica se caracteriza por su perfectibilidad antes que por su
certeza. Más aún, las predicciones que se hacen con la ayuda de reglas
empíricas son a veces más exactas que las predicciones penosamente elaboradas
con herramientas científicas (leyes, informaciones específicas y deducciones);
tal es el caso con frecuencia de los pronósticos meteorológicos, de la
prognosis médica y de la profecía política. Pero en tanto que la profecía no es
perfectible y no puede usarse para poner a prueba hipótesis, la predicción es
perfectible y, si falla, nos obliga a corregir nuestras suposiciones,
alcanzando así una inteligencia más profunda. Por esto la profecía exitosa no
es un aporte al conocimiento teórico, en tanto que la predicción científica
fallida puede contribuir a él.
Puesto que
la predicción científica depende de leyes y de ítems de información específica,
puede fracasar por inexactitud de los enunciados de las leyes o por imprecisión
de la información disponible. (También puede fallar, por supuesto, debido a
errores cometidos en el proceso de inferencia lógica o matemática que conduce
de las premisas (leyes e informaciones) a la conclusión (enunciado
predictivo)). Una fuente importante de fallos en la predicción es el conjunto
de suposiciones acerca de la naturaleza del objeto (sistemafísico, organismo
vivo, grupo social, etc.) cuyo comportamiento ha de predecirse. Por ejemplo,
puede ocurrir que creamos que el sistema en cuestión está suficientemente
aislado de las perturbaciones exteriores, cuando en rigor éstas cuentan a la
larga; dado que la aislación es una condición necesaria de la descripción del
sistema con ayuda de un puñado de enunciados de leyes, no debiera sorprender
que fuera tan difícil predecir el comportamiento de sistemas abiertos tales
como el océano, la atmósfera, el ser vivo o el hombre.
Puesto que
la predicción científica se funda en las leyes científicas, hay tantas clases
de predicciones como clases de enunciado nomológicos. Algunas leyes nos
permiten predecir resultados individuales, aunque no sin error si la predicción
se refiere al valor de una cantidad. Otras leyes; incapaces de decimos nada
acerca del comportamiento de los individuos (átomos, personas, etc.) son en
cambio la base para la predicción de algunas tendencias globales y propiedades
colectivas de colecciones numerosas de elementos similares; son las leyes
estadísticas. Las leyes de la historia son de este tipo; y por esto es casi
imposible la predicción de los sucesos individuales en el campo de la historia,
pudiendo preverse solamente el curso general de los acontecimientos.
14. La ciencia es abierta: no reconoce
barreras a priori que limiten el conocimiento. Si un conocimiento fáctico no es
refutable en principio, entonces no pertenece a la ciencia sino a algún otro
campo. Las nociones acerca de nuestro medio, natural o social, o acerca del yo,
no son finales: están todas en movimiento, todas son falibles. Siempre es
concebible que pueda surgir una nueva situación (nuevas informaciones o nuevos
trabajos teóricos) en que nuestras ideas, por firmemente establecidas que
parezcan, resulten inadecuadas en algún sentido. La ciencia carece de axiomas
evidentes: incluso los principios más generales y seguros son postulados que
pueden ser corregidos o reemplazados. A consecuencia del carácter hipotético de
los enunciados de leyes, y de la naturaleza perfectible de los datos empíricos
la ciencia no es un sistema dogmático y cerrado sino controvertido y abierto.
O, más bien, la ciencia es abierta como sistema porque es falible y por
consiguiente capaz de progresar. En cambio, puede argüirse que la ciencia es
metodológicamente cerrada no en el sentido de que las reglas del método
científico sean finales sino en el sentido de que es autocorrectiva: el
requisito de la verificabilidad de las hipótesis científicas basta para
asegurar el progreso científico.
Tan pronto
como ha sido establecida una teoría científica, corre el peligro de ser
refutada o, al menos, de que se circunscriba su dominio. Un sistema cerrado de
conocimiento fáctico que excluya toda ulterior investigación, puede llamarse
sabiduría pero es en rigor un detritus de la ciencia. El sabio moderno, a
diferencia del antiguo no es tanto un acumulador de conocimientos como un
generador de problemas. Por consiguiente, prefiere los últimos números de las
revistas especializadas a los manuales, aun cuando estos últimos sean depósitos
de verdad más vastos y fidedignos que aquellas. El investigador moderno ama la
verdad pero no se interesa por las teorías irrefutables. Una teoría puede haber
permanecido intocada no tanto por su alto contenido de verdad cuanto porque
nadie la ha usado. No se necesita emprender una investigación empírica para
probar la tautología de que ni siquiera los científicos se casan con
solteronas.
Los
modernos sistemas de conocimiento científico son como organismos en
crecimiento: mientras están vivos cambian sin pausa. Esta es una de las razones
por las cuales la ciencia es éticamente valiosa: porque nos recuerda que la
corrección de errores es tan valiosa como el no cometerlos y que probar cosas
nuevas e inciertas es preferible a rendir culto a las viejas y garantizadas. La
ciencia, como los organismos, cambia a la vez internamente y debido a sus
contactos con sus vecinos; esto es, resolviendo sus problemas específicos y
siendo útil en otros campos.
15. La ciencia es útil: porque busca la
verdad, la ciencia es eficaz en la provisión de herramientas para el bien y
para el mal. El conocimiento ordinario se ocupa usualmente de lograr resultados
capaces de ser aplicados en forma inmediata; con ello no es suficientemente
verdadero, con lo cual no puede ser suficientemente eficaz. Cuando se dispone
de un conocimiento adecuado de las cosas es posible manipularlas con éxito. La
utilidad de la ciencia es una consecuencia de su objetividad; sin proponerse
necesariamente alcanzar resultados aplicables, la investigación los provee a la
corta o a la larga. La sociedad moderna paga la investigación porque ha
aprendido que la investigación rinde. Por este motivo, es redundante exhortar a
los científicos a que produzcan conocimientos aplicables: no pueden dejar de
hacerlo. Es cosa de los técnicos emplear el conocimiento científico con fines
prácticos, y los políticos son los responsables de que la ciencia y la
tecnología se empleen en beneficio de la humanidad. Los científicos pueden, a
lo sumo, aconsejar acerca de cómo puede hacerse uso racional, eficaz y bueno de
la ciencia.
La técnica
precientífica era primordialmente una colección de recetas pragmáticas no
entendidas, muchas de las cuales desempeñaban la función de ritos mágicos. La
técnica moderna es, en medida creciente —aunque no exclusivamente—, ciencia
aplicada. La ingeniería es física y química aplicadas, la medicina es biología
aplicada, la psiquiatría es psicología y neurología aplicadas; y debiera llegar
el día en que la política se convierta en sociología aplicada.
Pero la
tecnología es más que ciencia aplicada: en primer lugar porque tiene sus
propios procedimientos de investigación, adaptados a circunstancias concretas
que distan de los casos puros que estudia la ciencia. En segundo lugar, porque
toda rama de la tecnología contiene un cúmulo de reglas empíricas descubiertas
antes que los principios científicos en los que —si dichas reglas se confirman—
terminan por ser absorbidas. La tecnología no es meramente el resultado de
aplicar el conocimiento científico existente a los casos prácticos: la
tecnología viva es esencialmente, el enfoque científico de los problemas
prácticos, es decir, el tratamiento de estos problemas sobre un fondo de
conocimiento científico y con ayuda del método científico. Por eso la
tecnología, sea de las cosas nuevas o de los hombres, es fuente de
conocimientos nuevos.
La
conexión de la ciencia con la tecnología no es por consiguiente asimétrica.
Todo avance tecnológico plantea problemas científicos cuya solución puede
consistir en la invención de nuevas teorías o de nuevas técnicas de
investigación que conduzcan a un conocimiento más adecuado y a un mejor dominio
del asunto. La ciencia y la tecnología constituyen un ciclo de sistemas
interactuantes que se alimentan el uno al otro. El científico toma inteligible
lo que hace el técnico y éste provee a la ciencia de instrumentos y de
comprobaciones; y lo que es igualmente importante el técnico no cesa de formular
preguntas al científico añadiendo así un motor externo al motor interno del
progreso científico. La continuación de la vida sobre la Tierra depende del
ciclo de carbono: los animales se alimentan de plantas, las que a su vez
obtienen su carbono de lo que exhalan los animales. Análogamente la
continuación de la civilización moderna depende, en gran medida del ciclo del
conocimiento: la tecnología moderna come ciencia, y la ciencia moderna depende
a su vez del equipo y del estímulo que le provee una industria altamente
tecnificada.
Pero la
ciencia es útil en más de una manera. Además de constituir el fundamento de la
tecnología, la ciencia es útil en la medida en que se la emplea en la
edificación de concepciones del mundo que concuerdan con los hechos, y en la
medida en que crea el hábito de adoptar una actitud de libre y valiente examen,
en que acostumbra a la gente a poner a prueba sus afirmaciones y a argumentar
correctamente. No menor es la utilidad que presta la ciencia como fuente de
apasionantes rompecabezas filosóficos, y como modelo de la investigación
filosófica.
En
resumen, la ciencia es valiosa como herramienta para domar la naturaleza y
remodelar la sociedad; es valiosa en sí misma, como clave para la inteligencia
del mundo y del yo; y es eficaz en el enriquecimiento, la disciplina y la
liberación de nuestra mente.