¿Qué es la
ciencia? Esta pregunta parece fácil de responder: todos saben que materias como
la física, la química y la biología son ciencia, mientras que disciplinas como
el arte, la música y la teología no lo son. Pero cuando, como filósofos,
preguntamos qué es la ciencia, ésta no es la clase de respuesta que buscamos.
No preguntamos por una simple lista de las actividades englobadas dentro del
término “ciencia”. Más bien buscamos el rasgo que comparten todas las materias
listadas; es decir, qué es lo que hace
de algo una ciencia. Entendida de esta manera, la pregunta no es tan trivial.
Aun así,
podría seguirse pensando que la pregunta es sencilla. ¿De verdad es la ciencia
el intento de comprender, explicar y predecir el mundo en que vivimos?
Ciertamente, ésta es una respuesta razonable. Sin embargo, ¿aquí termina la
historia? Después de todo, las diversas religiones también pretenden comprender
y explicar el mundo, si bien la religión no se considera una rama de la
ciencia. De manera similar, la astrología y la adivinación son intentos de
predecir el futuro, pero la gente no describiría estas actividades como
ciencia. O considérese la historia. Los historiadores tratan de entender y
explicar lo que ocurrió en el pasado, aunque la historia suele clasificarse como
un arte y no como una ciencia. Al igual que muchas preguntas filosóficas, la
interrogante “¿Qué es la ciencia?" resulta más compleja de lo que parece a
primera vista.
Muchas
personas creen que las características distintivas de la ciencia residen en los
métodos particulares que los científicos emplean para investigar el mundo. Esta
idea es muy razonable, porque muchas ciencias utilizan métodos de estudio que
no se encuentran en las disciplinas no científicas. Un ejemplo obvio son los
experimentos, que históricamente marcan un punto nodal en el desarrollo de la
ciencia moderna. Sin embargo, no todas las ciencias son experimentales: los
astrónomos no pueden experimentar en los cielos, y deben conformarse con la
observación cuidadosa. Lo mismo ocurre con diversas ciencias sociales. Otro
rasgo importante de la ciencia es la construcción de teorías. Los científicos
no sólo registran los resultados de la experimentación y la observación, sino
que explican esos resultados en términos de una teoría general. Esto no siempre
es fácil de realizar, si bien ha habido éxitos sorprendentes. Uno de los
problemas clave de la filosofía de la ciencia es comprender por qué algunas
técnicas como la experimentación, la observación y la construcción de teorías
han permitido a los científicos develar muchos de los secretos de la
naturaleza.
Los Precursores
Para Aristóteles (384 adC-322 adC) la ciencia
era conocimiento cierto por medio de causas.
Esta definición (teniendo en cuenta el amplio concepto de ciencia de la
antigüedad, diferente del más restrictivo actual) tuvo vigencia en Europa
occidental durante siglos, hasta que fue rechazada por la nueva filosofía natural que nacía en los
siglos XVII y XVIII. La escolástica
propuso la regularidad y uniformidad para su aplicación en la
ciencia.
René Descartes (1596 - 1650) pretendía un conocimiento cierto basado
en la existencia indudable de un sujeto pensante, y avanzar gracias a ideas claras y distintas. El papel de la experiencia quedaba en un segundo plano. No
es de extrañar que, en el campo de la ciencia, los racionalistas destacaran en
matemáticas, como el mismo Descartes o como Leibniz, creador junto con Newton
del cálculo infinitesimal.
La corriente
filosófica iniciada por Francis Bacon
(1561 - 1626) proponía un conocimiento de la naturaleza empirista e inductista.
Para elegir entre teorías rivales no había que recurrir a la argumentación,
sino realizar un experimento crucial (instantia
crucis) que permitiese la selección.
David Hume (1711 - 1776), el principal filósofo empirista,
subrayó aún más la importancia de los hechos frente a las interpretaciones. Pero
el racionalismo y el empirismo clásicos destacaban excesivamente uno de los
aspectos de la ciencia (la racionalidad o la experiencia) en detrimento del
otro.
El idealismo trascendental de Emmanuel Kant (1724 - 1804) intentó una
primera síntesis de ambos sistemas en la que el espacio y el tiempo absolutos
de Newton se convirtieron en condiciones que impone nuestra mente para poder
aprehender el mundo externo.
Dentro de
la tradición empirista Auguste Comte
(1798 - 1857) propuso una filosofía, el positivismo,
en la que la ciencia se reducía a relacionar fenómenos observables, renunciando
al conocimiento de causas.
Ernst Mach (1838 - 1916) ejerció, con su empiriocriticismo, una
gran influencia que preparó el nacimiento del Círculo de Viena. Mach desarrolló
una filosofía de orientación empirista centrada en los conceptos y métodos de
la ciencia. Ésta debe estudiar sólo las apariencias (los fenómenos), de forma que intentar estudiar algo que no se nos
presenta directamente a los sentidos es hacer metafísica. Coherente con sus
ideas filosóficas, Mach se opuso hasta el final a la nueva teoría atómica, cuyo
objeto es inalcanzable a la experiencia.
Pierre Duhem (1861 - 1916) afirmó que "toda ley física es una
ley aproximada; por lo tanto, siguiendo la lógica estricta, no puede ser ni
verdadera ni falsa; cualquier otra ley que represente las misma experiencias
con la misma aproximación puede pretender, con tanto derecho como la primera,
el título de ley verdadera, o, para hablar más exactamente, de ley
aceptable". Aun así, Duhem opinaba que a medida que la ciencia avanza, se
va acercando progresivamente a una descripción más fiel de la naturaleza.
Los orígenes de la ciencia moderna
En las
escuelas y universidades de la actualidad, la ciencia se enseña prescindiendo
de la historia. Los libros de texto presentan las ideas principales de una disciplina
científica en la forma más cómoda posible, con poca mención al prolongado y a
menudo tortuoso proceso histórico que llevó a su descubrimiento. Como
estrategia pedagógica, tiene sentido. Sin embargo, dar un vistazo a la historia
de las ideas científicas es útil para comprender los temas que interesan a los
filósofos de la ciencia. De hecho, se ha argumentado que para hacer buena
filosofía de la ciencia es indispensable prestar una cuidadosa atención a la
historia de la ciencia.
Los
orígenes de la ciencia moderna se remontan a un periodo de rápido desarrollo
científico que se presentó en Europa entre los años 1500 y 1750, y que ahora
conocemos como la revolución científica. Por supuesto, esta revolución no
surgió de la nada; también en las edades Antigua y Media hubo investigación
científica. En esos primeros tiempos la visión dominante del mundo era la
aristotélica, la del inveterado filósofo griego Aristóteles, quien planteó
detalladas teorías en los campos de la física, la biología, la astronomía y la
cosmología. Sin embargo, a un científico moderno le parecerían extrañas las
ideas y los métodos de investigación de Aristóteles. Por poner un ejemplo, el
pensador griego creía que todos los cuerpos terráqueos están compuestos por
cuatro elementos: tierra, fuego, aire y agua. Es obvio que esta visión choca
con lo que nos dice la química moderna.
El primer
paso crucial en el desarrollo de la visión moderna del mundo científico fue la
revolución copernicana. En 1542 el astrónomo polaco Nicolás Copérnico
(1473-1543) publicó un libro atacando el modelo geocéntrico del universo, que
ubicaba a la tierra como un cuerpo estacionario en el centro del universo, con
los planetas y el sol en órbita alrededor de él. La astronomía geocéntrica,
también conocida como astronomía ptolemaica en honor del astrónomo griego
Ptolomeo, yace en el corazón de la visión aristotélica del mundo y permaneció
inalterada durante 1800 años. Sin embargo, Copérnico planteó una alternativa:
el sol era el centro fijo del
universo, y los planetas, incluida la Tierra, se hallaban en órbita alrededor
de él (figura 1). En este modelo heliocéntrico la Tierra era un planeta más,
perdiendo así el estatus único que la tradición le había asignado. En un
principio la teoría de Copérnico encontró mucha resistencia, sobre todo por
parte de la Iglesia católica, que la consideraba como contrapuesta a las
Sagradas Escrituras y en 1616 prohibió los libros que hablaran del movimiento
de la Tierra. No obstante, cien años después el copernicanismo se convirtió en
la ortodoxia científica.
La
innovación de Copérnico no sólo mejoró la astronomía. De manera indirecta
impulsó el desarrollo de la física moderna a través del trabajo de Johannes
Kepler (1571-1630) y Galileo Galilei (1564-1643). Kepler descubrió que los
planetas no se mueven en órbitas circulares alrededor del sol, como pensaba
Copérnico, sino más bien en elipses. Esta fue su crucial “primera ley” del
movimiento planetario; la segunda y tercera leyes especifican las velocidades a
las cuales los planetas orbitan el sol.
Tomadas en
su conjunto, las leyes de Kepler proporcionan una teoría planetaria muy
superior a todo lo anterior, resolviendo problemas que habían confundido a los
astrónomos durante siglos. Galileo fue un entusiasta del copernicanismo y pionero
del telescopio. Con este aparato hizo descubrimientos sorprendentes incluyendo
montañas en la luna, una vasta disposición de estrellas, manchas solares y las
lunas de Júpiter. Todo esto entró en conflicto con la cosmología aristotélica y
desempeñó un papel fundamental en la conversión de la comunidad científica al
copernicanismo.
Sin
embargo, la contribución más importante de Galileo no fue en el ámbito de la
astronomía sino de la mecánica, donde refutó la teoría aristotélica de que los
cuerpos más pesados caen más rápidamente que los más ligeros. En vez de esta
teoría, Galileo hizo la sugerencia, contraria a la intuición, de que todos los
cuerpos en caída libre se moverán hacia la superficie terráquea a la misma
velocidad, sin importar su peso. (Por supuesto que en la práctica,
si se dejan caer de la misma altura una pluma y una bala de cañón, la bala
llegará primero, pero Galileo argumentaba que esto se debe simplemente a la
resistencia al aire; en el vacío, llegarían al mismo tiempo.) Además, afirmaba
que los cuerpos en caída libre aceleran de una manera uniforme, es decir, ganan
incrementos iguales de velocidad en tiempos iguales; esto se conoce como la ley
de Galileo de la caída libre. Este científico proporcionó evidencia
convincente, pero no totalmente concluyente de esta ley, misma que se convirtió
en la pieza maestra de su teoría de la mecánica.
Por lo
general, Galileo es considerado el primer físico realmente moderno. Fue el
primero en mostrar que el lenguaje de las matemáticas podía usarse para
describir el comportamiento de objetos reales en el mundo material, como
cuerpos o proyectiles que caían, etcétera. Para nosotros esto es obvio: las
teorías científicas actuales suelen formularse en lenguaje matemático, no sólo
en las ciencias físicas, sino también en la biología y la economía. Sin
embargo, en la época de Galileo no era tan evidente: existía la idea
generalizada de que la matemática tenía que ver sólo con entidades abstractas
y, por lo tanto, era inaplicable a la realidad física. Otro aspecto innovador
del trabajo de Galileo fue su énfasis en la importancia de los experimentos
para probar las hipótesis. Para el científico moderno esto también puede
resultar obvio, pero en el tiempo de Galileo la experimentación no se consideraba
un medio confiable de obtener conocimiento. El interés de Galileo en las
pruebas experimentales marca el comienzo de un enfoque empírico para estudiar
la naturaleza, que continúa hasta nuestros días.
En el
periodo que siguió a la muerte de Galileo, la revolución científica avanzó con
rapidez. El filósofo, matemático y científico francés Rene Descartes (1596-1650)
desarrolló una nueva y radical “filosofía mecánica“, de acuerdo con la cual el
mundo físico consiste simplemente en partículas inertes de materia
interactuante y en choque con las demás. Según Descartes, las leyes que
gobiernan el movimiento de esas partículas o “corpúsculos” constituyen la clave
para comprender la estructura del universo copernicano. La filosofía mecánica
prometía explicar todos los fenómenos observables en términos del movimiento de
esos corpúsculos inertes, insensibles, y pronto se erigió en la visión
científica dominante de la segunda mitad del siglo XVII; en cierta medida, se
ha preservado hasta nuestros días. Figuras como Huygens, Gassendi, Hooke, Boyle
y otros realizaron versiones de la filosofía mecánica, y su aceptación
generalizada marcó la desaparición de la visión aristotélica del mundo.
La
revolución científica culminó con el trabajo de Isaac Newton (1643-1727), cuyos
logros no tienen paralelo en la historia de la ciencia. La obra cumbre de
Newton es Los principios matemáticos de
la filosofía natural, publicada en 1687. Newton estaba de acuerdo con los
filósofos mecanicistas en que el universo consiste simplemente en partículas en
movimiento, pero trató de perfeccionar las leyes de Descartes sobre el
movimiento y las reglas de colisión. El resultado fue una teoría dinámica y
mecánica de gran autoridad, basada en las tres leyes de movimiento de Newton y
su famoso principio de gravitación universal. De acuerdo con este principio,
todos los cuerpos en el universo ejercen una atracción gravitacional en los
demás cuerpos; la fuerza de la atracción entre dos cuerpos depende del producto
de sus masas y de la distancia entre ellos al cuadrado. Entonces, las leyes de
movimiento especifican cómo afecta esta fuerza gravitacional el movimiento de
los cuerpos. Newton elaboró su teoría con gran precisión y rigor matemáticos,
inventando la técnica matemática que conocemos como “cálculo”. De manera
asombrosa, demostró que las leyes de Kepler del movimiento de los planetas y la
ley de Galileo de la caída libre (ambas con modificaciones menores) eran
consecuencias lógicas de estas leyes del movimiento y la gravitación. En otras
palabras, esas mismas leyes explicaban los movimientos de los cuerpos en los
dominios terrestre y celeste, y fueron formuladas por Newton con una gran
precisión cuantitativa.
La física
newtoniana se constituyó en el marco de la ciencia durante los siguientes 200
años o más, remplazando a la física cartesiana. La confianza en la ciencia
aumentó con rapidez en ese periodo, debido, en buena medida, al éxito de la
teoría de Newton, de la cual se pensaba que había revelado el verdadero
funcionamiento de la naturaleza y que podía explicar todo, por lo menos en
principio. Se hicieron incluso minuciosos intentos por extender la forma de
explicación de Newton a otros fenómenos. Los siglos XVIII y XIX atestiguaron
notables avances científicos, sobre todo en el estudio de la química, la
óptica, la energía, la termodinámica y el electromagnetismo. Pero en su mayor
parte, se consideraba que esos desarrollos caían dentro de una amplia
concepción newtoniana del universo. Los científicos aceptaban esta noción como
correcta en su esencia; todo lo que había que hacer era aportar los detalles.
La
confianza en las ideas newtonianas se desvaneció en los primeros años del siglo
XX gracias a dos revolucionarios desarrollos en física: la teoría de la
relatividad y la mecánica cuántica. La teoría de la relatividad, elaborada por
Einstein, demostró que la mecánica newtoniana no arroja los resultados
correctos cuando se aplica a objetos con mucha masa, o a objetos que se mueven
a velocidades muy altas. Por su parte, la mecánica cuántica reveló que la
teoría newtoniana no funciona cuando se aplica en una escala muy pequeña, es
decir, a partículas subatómicas. Tanto la teoría de la relatividad como la
mecánica cuántica, en especial esta última, son conjuntos de ideas muy
singulares y radicales, con postulados acerca de la naturaleza de la realidad
que mucha gente encuentra difíciles de aceptar o incluso de entender. Su
aparición causó una importante sacudida conceptual en la física, que continúa
en la época actual.
Hasta
ahora, nuestra breve historia de la ciencia se ha centrado en la física. Esto
no es accidental, ya que esta área del conocimiento tiene una gran importancia
histórica y, en cierto sentido, es la disciplina científica básica, pues los
objetos estudiados por otras ciencias están hechos de entidades físicas.
Considérese, por ejemplo, la botánica. Los especialistas de este ramo estudian
las plantas, que finalmente están compuestas por moléculas y átomos, que son
partículas físicas. Resulta obvio entonces que la botánica no es tan fundamental
como la física, aunque no por eso es válido decir que tiene menos importancia.
Sin embargo, hasta la descripción más sucinta de los orígenes de la ciencia
moderna estaría incompleta si se omitiera toda mención a las ciencias no
físicas.
En
biología el suceso más relevante es el planteamiento, por parte de Charles
Darwin, de la teoría de la evolución por selección natural, publicada en El origen de las especies en 1859. Hasta
entonces se pensaba que Dios había creado por separado las diferentes especies,
como enseña el libro del Génesis. Sin embargo, Darwin argumentaba que las especies
contemporáneas en realidad evolucionaron de otras más antiguas a través de un
proceso conocido como selección natural. Esta selección ocurre cuando algunos
organismos generan mayor progenie que otros, dependiendo de sus características
físicas; si esas características son heredadas por su descendencia, con el
tiempo la población se adaptará cada vez mejor al ambiente. Según Darwin, a
través de este proceso, que parece tan simple, una especie se convertirá en
otra completamente nueva luego de un buen número de generaciones. Tan
persuasiva fue la evidencia aducida por Darwin para su teoría que hacia
principios del siglo XX se erigió en la ortodoxia científica a pesar de la considerable
oposición teológica (figura 3). Investigaciones subsecuentes proporcionaron una
sorprendente confirmación de la teoría de Darwin, que forma el núcleo de la
visión biológica moderna del mundo.
El siglo
XX fue testigo de otra revolución en la biología que aún no concluye: la
aparición de la biología molecular, en particular de la genética molecular. En
1953 Watson y Crick descubrieron la estructura del ADJS1, el material
hereditario que conforma los genes de las células en las criaturas vivientes
(figura 4). Este descubrimiento reveló que la información genética puede
copiarse de una célula a otra y pasar así de los padres a la descendencia, lo
cual también explica por qué los descendientes tienden a parecerse a sus
progenitores. Este emocionante descubrimiento abrió una nueva área de
investigación biológica. En los cincuenta años que han transcurrido desde los
trabajos de Watson y Crick la biología molecular ha avanzado con rapidez,
transformando nuestra noción de la herencia y de la forma como los genes
construyen organismos. El reciente logro de concluir una descripción a nivel
molecular del conjunto completo de genes de un ser humano, conocido corno
Proyecto Genoma Humano, es un claro indicio de cuán lejos ha llegado la
biología molecular. En el siglo XXI seremos testigos de importantes desarrollos
en este campo.
En los
últimos cien años se han dedicado a la investigación científica más recursos
que nunca. Uno de los resultados ha sido la explosión de nuevas disciplinas
científicas, como la computación, la inteligencia artificial, la lingüística y
la neurocienda. Tal vez el acontecimiento más significativo de los últimos
treinta años haya sido el surgimiento de la ciencia cognitiva, que estudia
áspenlos de la cognición humana como la percepción, la memoria, el aprendizaje
y el razonamiento, y que ha transformado la psicología tradicional. Gran parte
del entusiasmo por esta ciencia proviene de la idea de que la mente humana es,
en algunos aspectos, similar a una computadora y que, por tanto, los procesos
mentales pueden comprenderse si se les compara con las operaciones realizadas
por las computadoras. La ciencia cognitiva aún está en pañales, pero promete
revelar abundante información acerca del funcionamiento de la mente. Las
ciencias sociales, en especial la economía y la sociología, también florecieron
en el siglo XX, aunque muchos creen que se encuentran por debajo de las
ciencias naturales en términos de sofisticación y rigor.
¿Qué es la filosofía de la ciencia?
La tarea
principal de la filosofía de la ciencia es analizar los métodos de
investigación utilizados en los diversos campos científicos. Quizá el lector se
pregunte por qué esta tarea recae en los filósofos más que en los mismos
científicos. Es una buena pregunta. Parte de la respuesta es que ver la ciencia
desde una perspectiva filosófica permite develar suposiciones implícitas en la
práctica científica, pero que los científicos no discuten en forma abierta.
Para ilustrar esto, ubiquémonos en el ámbito de la experimentación. Supongamos
que un científico realiza un experimento y obtiene un resultado particular.
Repite el experimento varias veces y obtiene el mismo resultado. Después de eso
es probable que se detenga, confiando en que si repite el experimento
exactamente en las mismas condiciones, obtendrá el mismo resultado. Esta idea
puede parecer obvia, pero como filósofos queremos cuestionarla. ¿Por qué se asume
que las repeticiones futuras del experimento arrojarán el mismo resultado?
¿Cómo saber si esto es cierto? Es poco probable que un científico dedique mucho
tiempo a desentrañar estas curiosas preguntas; con toda seguridad, tiene
mejores cosas que hacer. En esencia se trata de preguntas filosóficas.
Así que
parte del trabajo de la filosofía de la ciencia es cuestionar los supuestos que
los científicos dan por hechos. Sin embargo, sería un error creer que los
hombres de ciencia nunca discuten temas filosóficos. La historia registra a
muchos científicos que han desempeñado un importante papel en el desarrollo de
la filosofía de la ciencia. Descartes, Newton y Einstein son ejemplos prominentes.
Ellos estaban muy interesados en las interrogantes filosóficas sobre cómo tiene
que proceder la ciencia, qué métodos de investigación debe emplear, cuánta
confianza debemos poner en esos métodos y si constituyen una limitante para el
conocimiento científico, entre otras cosas. Como veremos, esas preguntas aún se
encuentran en el corazón de la filosofía contemporánea de la ciencia. De esta
manera, los asuntos de interés para los filósofos de la ciencia no son
“meramente filosóficos”; por el contrario, han llamado la atención de algunos
de los más connotados científicos. Sin embargo, hay que decir que muchos
hombres de ciencia actuales prestan poca atención a la filosofía de la ciencia
y tienen escasos conocimientos de ella. Si bien esto es desafortunado, no es
una señal de que los temas filosóficos ya no son relevantes. Más bien es una
consecuencia de la naturaleza cada vez más especializada de la ciencia, así
como de la polarización entre las ciencias y las humanidades que caracteriza al
sistema de educación moderno.
Tal vez el
lector aún se pregunte qué es exactamente la filosofía de la ciencia. Afirmar
que “estudia los métodos de la ciencia”, como hicimos antes, no es decir mucho.
Más que tratar de proporcionar una definición de mayor amplitud, procederemos a
considerar un problema típico de la filosofía de la ciencia.
Ciencia y seudocicncia
Recuérdese
la pregunta con la que comenzamos: ¿Qué es la ciencia? Karl Popper, un
influyente filósofo de la ciencia del siglo XX, pensaba que el rasgo
fundamental de una teoría científica es que debe ser falseable. Asegurar que
una teoría es falseable no quiere decir que sea falsa. Más bien significa que
la teoría hace algunas predicciones definidas que se pueden probar contra la
experiencia. Si estas predicciones resultan equivocadas, entonces la teoría ha
sido falseada o refutada. Entonces, una teoría falseable es aquella que podemos
descubrir que es falsa, es decir, que no es compatible con todos los posibles
cursos de la experiencia. Popper consideraba que algunas teorías supuestamente
científicas no satisfacían esta condición y, por lo tanto, no merecían llamarse
ciencia, sino más bien seudociencia.
La teoría
psicoanalítica de Freud era uno de los ejemplos favoritos de Popper de la
seudociencia. Según este autor, la teoría freudiana se ajusta a cualquier
hallazgo empírico. Sin importar cuál sea el comportamiento del paciente, los
freudianos siempre encontrarán una explicación en términos de su teoría; nunca
admitirán que su corpus teórico estaba equivocado. Popper ilustró su punto con
el siguiente ejemplo. Imagínese un hombre que empuja a un niño a un río con la
intención de asesinarlo, y a otro hombre que sacrifica su vida para salvar al
niño. Los freudianos pueden explicar con la misma facilidad la conducta de
ambos hombres: el primero era un reprimido, mientras que el segundo había
alcanzado la sublimación. Popper argüía que a través del uso de conceptos como
represión, sublimación y deseos inconscientes, la teoría de Freud podía ser
compatible con cualquier dato clínico y, en consecuencia, no era falseable.
Lo mismo
es aplicable a la teoría de la historia de Marx, según Popper. Marx afirmaba
que en las sociedades industrializadas del mundo, el capitalismo daría paso al
socialismo y por último al comunismo, Pero cuando esto no pasó, en vez de
admitir que la doctrina marxista estaba equivocada, sus seguidores inventaron
una explicación ad hoc de por qué lo ocurrido concordaba a pesar de todo con la
teoría. Por ejemplo, decían que el inevitable avance del comunismo se había
visto frenado de manera temporal por el surgimiento del Estado benefactor, que
“suavizaba” al proletariado y debilitaba su vocación revolucionaria. De esta
manera, la teoría de Marx era compatible con cualquier posible curso de los
acontecimientos, al igual que la de Freud. En consecuencia, de acuerdo con el
criterio de Popper, ninguna de las dos teorías califica como ge nublamente
científica.
Popper
contrastó las teorías de Marx y Freud con la teoría de la gravitación, de
Einstein, también conocida como de la relatividad general. A diferencia de los
primeros, Einstein hizo una predicción muy definida: que los rayos de luz de
estrellas distantes podían ser desviados por el campo gravitacíonal del sol. En
condiciones normales este efecto sería imposible de observar, excepto durante
un eclipse solar. En 1909 el astrofísico inglés sir Arthur Eddington organizó
dos expediciones para observar el eclipse solar de ese año, una a Brasil y otra
a la isla de Príncipe, en la costa atlántica de África, con el propósito de
probar la predicción de Einstein. Las expediciones encontraron que la luz de
las estrellas era desviada por el sol en casi la misma cantidad predicha por
Einstein. Popper estaba muy impresionado: la teoría de Einstein había hecho una
predicción definida, precisa, que se confirmó con las observaciones. Si hubiera
resultado que el sol no desviaba la luz de las estrellas, se habría demostrado
que Einstein estaba en un error. Así, la teoría de Einstein satisface el
criterio de falseabilidad.
La
intuición nos dice que el intento de Popper de distinguir ciencia de
seudociencia es muy razonable. En efecto, hay algo turbio en una teoría que
puede ajustarse a cualesquier datos empíricos. Sin embargo, algunos filósofos
consideran que el criterio de Popper es muy simplista. Éste criticaba a los
freudianos y a los marxistas por explicar los datos que contradijeran sus
teorías, en vez de aceptar que éstas habían sido refutadas. Ciertamente, el
procedimiento levanta sospechas. Sin embargo, hay evidencia de que este mismo
procedimiento es utilizado en forma rutinaria por científicos “respetables” —a
quienes Popper no quiere acusar de practicar la seudociencia— y ha llevado a
importantes descubrimientos científicos.
Esto puede
ilustrarse con otro ejemplo del campo de la astronomía. La teoría gravitacional
de Newton, de la que se habló antes, hacía predicciones acerca de las rutas que
los planetas debían seguir en su órbita alrededor del sol. En su mayor parte,
esas predicciones surgieron a partir de la observación. Sin embargo, la órbita
observada de Urano difería en forma consistente de lo predicho por Newton. Este
enigma fue resuelto en 1846 por dos científicos, Adams en Inglaterra y Leverrier
en Francia, quienes trabajaron de manera independiente. Ellos plantearon que
había otro planeta, aún sin descubrir, que ejercía una fuerza gravitacional
adicional sobre Urano. Adams y Leverrier calcularon la masa y posición que este
planeta debía de tener si su atracción gravitacional era la responsable del
extraño comportamiento de Urano, Poco después se descubrió el planeta Neptuno,
casi exactamente en el lugar predicho por Adams y Leverrier.
Está claro
que el comportamiento de Adams y Leverrier no se puede catalogar como
“acientífico”; después de todo, llevó al descubrimiento de un nuevo planeta.
Sin embargo, ellos hicieron exactamente lo que Popper criticó de los marxistas:
comenzaron con una teoría —-la teoría de la gravitación de Newton— que hizo una
predicción incorrecta de la órbita de Urano. En vez de concluir que la teoría
de Newton estaba equivocada, se aferraron a ella y trataron de explicar las
observaciones conflictivas postulando la existencia de un nuevo planeta. En
forma similar, cuando el capitalismo no mostraba signos de ceder el paso al
comunismo, los marxistas no aceptaron que la teoría de Marx era incorrecta,
sino que la defendieron y trataron de explicar por otras vías las observaciones
conflictivas. Así que, ¿es injusto acusar a los marxistas de practicar una
seudociencia si permitimos que lo realizado por Adams y Leverrier se considere
ciencia buena y, en consecuencia, ejemplar?
Esto
implica que el intento de Popper de diferenciar ciencia de seudociencia no
puede ser muy correcto, a pesar de su sensatez inicial. Sin duda, el ejemplo de
Adams y Leverrier es atípico. En general, los científicos no abandonan sus
teorías cuando éstas entran en conflicto con los resultados de las
observaciones, sino que buscan cómo eliminar el conflicto sin tener que
renunciar a sus ideas. Vale la pena recordar que en ciencia casi todas las
teorías chocan con algunas observaciones; es muy difícil encontrar un corpus
teórico que se ajuste a la perfección a los datos. Por supuesto, si una teoría
es cuestionada por la información recabada y no se encuentra la forma de
explicar esa contradicción, entonces dicha teoría tendría que rechazarse. Sin
embargo, habría muy pocos avances si los científicos simplemente abandonaran
sus teorías al primer signo de problemas.
La falla
en el criterio de distinción de Popper arroja una importante pregunta: ¿en
realidad es posible encontrar un rasgo común a todo lo que llamamos “ciencia”,
que no sea compartido por nadie más? Popper suponía que la respuesta a esta
pregunta era afirmativa. Pensaba que las teorías de Freud y Marx eran
claramente acientíficas, de modo que debería de haber una característica de la
que carecieran y que formara parte de las teorías científicas genuinas. Sin
embargo, al margen de si aceptamos o no la evaluación negativa de Freud y Marx,
el supuesto de Popper de que la ciencia tiene una “naturaleza esencial” es
cuestionable. Después de todo la ciencia es una actividad heterogénea, que
comprende un amplio espectro de teorías y disciplinas diferentes. Puede ser que
compartan rasgos definitorios de lo que se considera ciencia, pero también
puede ser que no. El filósofo Ludwig Wittgenstein argumentaba que no hay un
conjunto establecido de características que definan lo que va a ser un “juego”.
Más bien hay un grupo de rasgos, la mayoría de los cuales son comunes a casi
todos los juegos. Sin embargo, es posible que alguno de los juegos carezca de
una de las características del grupo y aun así continuar siendo un juego. Lo
mismo puede ocurrir con la ciencia, en cuyo caso es poco probable que se
encuentre un criterio para distinguir ciencia de seudociencia.
ACTIVIDAD 1
1. Describe tu postura, a favor o en contra, de la siguiente expresión: “la ciencia el intento de comprender, explicar y predecir el mundo en que vivimos”.
2. ¿Por qué la definición de ciencia resulta más compleja de lo que parece a primera vista?
3. Completa el siguiente cuadro sobre los Precursores:
PENSADOR
|
POSTURA
|
4. Determina cuándo se inició el proceso histórico que llevó al descubrimiento de la ciencia.
5. Indica los aportes de los siguientes científicos al progreso de la ciencia:
CIENTÍFICO
|
FECHA
|
APORTES
A LA CIENCIA
|
Nicolás Copérnico
|
||
Johannes Kepler
|
||
Galileo Galilei
|
||
Rene Descartes
|
||
Isaac Newton
|
||
Charles Darwin
|
||
Watson y Crick
|
6. Investiga tres conceptos de Filosofía de Ciencia, indicando el autor de cada uno, y luego elabora el tuyo propio.
7. Resume la distinción plante sobre la ciencia versus la seudociencia.
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