martes, 3 de noviembre de 2015

2. ¿Qué es la Ciencia?

¿Qué es la ciencia? Esta pregunta parece fácil de responder: todos saben que materias como la física, la química y la biología son ciencia, mientras que disciplinas como el arte, la música y la teología no lo son. Pero cuando, como filósofos, preguntamos qué es la ciencia, ésta no es la clase de respuesta que buscamos. No preguntamos por una simple lista de las actividades englobadas dentro del término “ciencia”. Más bien buscamos el rasgo que comparten todas las materias listadas; es decir, qué es lo que hace de algo una ciencia. Entendida de esta manera, la pregunta no es tan trivial.

Aun así, podría seguirse pensando que la pregunta es sencilla. ¿De verdad es la ciencia el intento de comprender, explicar y predecir el mundo en que vivimos? Ciertamente, ésta es una respuesta razonable. Sin embargo, ¿aquí termina la historia? Después de todo, las diversas religiones también pretenden comprender y explicar el mundo, si bien la religión no se considera una rama de la ciencia. De manera similar, la astrología y la adivinación son intentos de predecir el futuro, pero la gente no describiría estas actividades como ciencia. O considérese la historia. Los historiadores tratan de entender y explicar lo que ocurrió en el pasado, aunque la historia suele clasificarse como un arte y no como una ciencia. Al igual que muchas preguntas filosóficas, la interrogante “¿Qué es la ciencia?" resulta más compleja de lo que parece a primera vista.

Muchas personas creen que las características distintivas de la ciencia residen en los métodos particulares que los científicos emplean para investigar el mundo. Esta idea es muy razonable, porque muchas ciencias utilizan métodos de estudio que no se encuentran en las disciplinas no científicas. Un ejemplo obvio son los experimentos, que históricamente marcan un punto nodal en el desarrollo de la ciencia moderna. Sin embargo, no todas las ciencias son experimentales: los astrónomos no pueden experimentar en los cielos, y deben conformarse con la observación cuidadosa. Lo mismo ocurre con diversas ciencias sociales. Otro rasgo importante de la ciencia es la construcción de teorías. Los científicos no sólo registran los resultados de la experimentación y la observación, sino que explican esos resultados en términos de una teoría general. Esto no siempre es fácil de realizar, si bien ha habido éxitos sorprendentes. Uno de los problemas clave de la filosofía de la ciencia es comprender por qué algunas técnicas como la experimentación, la observación y la construcción de teorías han permitido a los científicos develar muchos de los secretos de la naturaleza.

Los Precursores
Para Aristóteles (384 adC-322 adC) la ciencia era conocimiento cierto por medio de causas. Esta definición (teniendo en cuenta el amplio concepto de ciencia de la antigüedad, diferente del más restrictivo actual) tuvo vigencia en Europa occidental durante siglos, hasta que fue rechazada por la nueva filosofía natural que nacía en los siglos XVII y XVIII. La escolástica propuso la regularidad y uniformidad para su aplicación en la ciencia.

René Descartes (1596 - 1650) pretendía un conocimiento cierto basado en la existencia indudable de un sujeto pensante, y avanzar gracias a ideas claras y distintas. El papel de la experiencia quedaba en un segundo plano. No es de extrañar que, en el campo de la ciencia, los racionalistas destacaran en matemáticas, como el mismo Descartes o como Leibniz, creador junto con Newton del cálculo infinitesimal.

La corriente filosófica iniciada por Francis Bacon (1561 - 1626) proponía un conocimiento de la naturaleza empirista e inductista. Para elegir entre teorías rivales no había que recurrir a la argumentación, sino realizar un experimento crucial (instantia crucis) que permitiese la selección.

David Hume (1711 - 1776), el principal filósofo empirista, subrayó aún más la importancia de los hechos frente a las interpretaciones. Pero el racionalismo y el empirismo clásicos destacaban excesivamente uno de los aspectos de la ciencia (la racionalidad o la experiencia) en detrimento del otro.

El idealismo trascendental de Emmanuel Kant (1724 - 1804) intentó una primera síntesis de ambos sistemas en la que el espacio y el tiempo absolutos de Newton se convirtieron en condiciones que impone nuestra mente para poder aprehender el mundo externo.

Dentro de la tradición empirista Auguste Comte (1798 - 1857) propuso una filosofía, el positivismo, en la que la ciencia se reducía a relacionar fenómenos observables, renunciando al conocimiento de causas.

Ernst Mach (1838 - 1916) ejerció, con su empiriocriticismo, una gran influencia que preparó el nacimiento del Círculo de Viena. Mach desarrolló una filosofía de orientación empirista centrada en los conceptos y métodos de la ciencia. Ésta debe estudiar sólo las apariencias (los fenómenos), de forma que intentar estudiar algo que no se nos presenta directamente a los sentidos es hacer metafísica. Coherente con sus ideas filosóficas, Mach se opuso hasta el final a la nueva teoría atómica, cuyo objeto es inalcanzable a la experiencia.

Pierre Duhem (1861 - 1916) afirmó que "toda ley física es una ley aproximada; por lo tanto, siguiendo la lógica estricta, no puede ser ni verdadera ni falsa; cualquier otra ley que represente las misma experiencias con la misma aproximación puede pretender, con tanto derecho como la primera, el título de ley verdadera, o, para hablar más exactamente, de ley aceptable". Aun así, Duhem opinaba que a medida que la ciencia avanza, se va acercando progresivamente a una descripción más fiel de la naturaleza.

Los orígenes de la ciencia moderna
En las escuelas y universidades de la actualidad, la ciencia se enseña prescindiendo de la historia. Los libros de texto presentan las ideas principales de una disciplina científica en la forma más cómoda posible, con poca mención al prolongado y a menudo tortuoso proceso histórico que llevó a su descubrimiento. Como estrategia pedagógica, tiene sentido. Sin embargo, dar un vistazo a la historia de las ideas científicas es útil para comprender los temas que interesan a los filósofos de la ciencia. De hecho, se ha argumentado que para hacer buena filosofía de la ciencia es indispensable prestar una cuidadosa atención a la historia de la ciencia.

Los orígenes de la ciencia moderna se remontan a un periodo de rápido desarrollo científico que se presentó en Europa entre los años 1500 y 1750, y que ahora conocemos como la revolución científica. Por supuesto, esta revolución no surgió de la nada; también en las edades Antigua y Media hubo investigación científica. En esos primeros tiempos la visión dominante del mundo era la aristotélica, la del inveterado filósofo griego Aristóteles, quien planteó detalladas teorías en los campos de la física, la biología, la astronomía y la cosmología. Sin embargo, a un científico moderno le parecerían extrañas las ideas y los métodos de investigación de Aristóteles. Por poner un ejemplo, el pensador griego creía que todos los cuerpos terráqueos están compuestos por cuatro elementos: tierra, fuego, aire y agua. Es obvio que esta visión choca con lo que nos dice la química moderna.

El primer paso crucial en el desarrollo de la visión moderna del mundo científico fue la revolución copernicana. En 1542 el astrónomo polaco Nicolás Copérnico (1473-1543) publicó un libro atacando el modelo geocéntrico del universo, que ubicaba a la tierra como un cuerpo estacionario en el centro del universo, con los planetas y el sol en órbita alrededor de él. La astronomía geocéntrica, también conocida como astronomía ptolemaica en honor del astrónomo griego Ptolomeo, yace en el corazón de la visión aristotélica del mundo y permaneció inalterada durante 1800 años. Sin embargo, Copérnico planteó una alternativa: el sol era el centro fijo del universo, y los planetas, incluida la Tierra, se hallaban en órbita alrededor de él (figura 1). En este modelo heliocéntrico la Tierra era un planeta más, perdiendo así el estatus único que la tradición le había asignado. En un principio la teoría de Copérnico encontró mucha resistencia, sobre todo por parte de la Iglesia católica, que la consideraba como contrapuesta a las Sagradas Escrituras y en 1616 prohibió los libros que hablaran del movimiento de la Tierra. No obstante, cien años después el copernicanismo se convirtió en la ortodoxia científica.

La innovación de Copérnico no sólo mejoró la astronomía. De manera indirecta impulsó el desarrollo de la física moderna a través del trabajo de Johannes Kepler (1571-1630) y Galileo Galilei (1564-1643). Kepler descubrió que los planetas no se mueven en órbitas circulares alrededor del sol, como pensaba Copérnico, sino más bien en elipses. Esta fue su crucial “primera ley” del movimiento planetario; la segunda y tercera leyes especifican las velocidades a las cuales los planetas orbitan el sol.

Tomadas en su conjunto, las leyes de Kepler proporcionan una teoría planetaria muy superior a todo lo anterior, resolviendo problemas que habían confundido a los astrónomos durante siglos. Galileo fue un entusiasta del copernicanismo y pionero del telescopio. Con este aparato hizo descubrimientos sorprendentes incluyendo montañas en la luna, una vasta disposición de estrellas, manchas solares y las lunas de Júpiter. Todo esto entró en conflicto con la cosmología aristotélica y desempeñó un papel fundamental en la conversión de la comunidad científica al copernicanismo.

Sin embargo, la contribución más importante de Galileo no fue en el ámbito de la astronomía sino de la mecánica, donde refutó la teoría aristotélica de que los cuerpos más pesados caen más rápidamente que los más ligeros. En vez de esta teoría, Galileo hizo la sugerencia, contraria a la intuición, de que todos los cuerpos en caída libre se moverán hacia la superficie terráquea a la misma velocidad, sin importar su peso. (Por supuesto que en la práctica, si se dejan caer de la misma altura una pluma y una bala de cañón, la bala llegará primero, pero Galileo argumentaba que esto se debe simplemente a la resistencia al aire; en el vacío, llegarían al mismo tiempo.) Además, afirmaba que los cuerpos en caída libre aceleran de una manera uniforme, es decir, ganan incrementos iguales de velocidad en tiempos iguales; esto se conoce como la ley de Galileo de la caída libre. Este científico proporcionó evidencia convincente, pero no totalmente concluyente de esta ley, misma que se convirtió en la pieza maestra de su teoría de la mecánica.

Por lo general, Galileo es considerado el primer físico realmente moderno. Fue el primero en mostrar que el lenguaje de las matemáticas podía usarse para describir el comportamiento de objetos reales en el mundo material, como cuerpos o proyectiles que caían, etcétera. Para nosotros esto es obvio: las teorías científicas actuales suelen formularse en lenguaje matemático, no sólo en las ciencias físicas, sino también en la biología y la economía. Sin embargo, en la época de Galileo no era tan evidente: existía la idea generalizada de que la matemática tenía que ver sólo con entidades abstractas y, por lo tanto, era inaplicable a la realidad física. Otro aspecto innovador del trabajo de Galileo fue su énfasis en la importancia de los experimentos para probar las hipótesis. Para el científico moderno esto también puede resultar obvio, pero en el tiempo de Galileo la experimentación no se consideraba un medio confiable de obtener conocimiento. El interés de Galileo en las pruebas experimentales marca el comienzo de un enfoque empírico para estudiar la naturaleza, que continúa hasta nuestros días.

En el periodo que siguió a la muerte de Galileo, la revolución científica avanzó con rapidez. El filósofo, matemático y científico francés Rene Descartes (1596-1650) desarrolló una nueva y radical “filosofía mecánica“, de acuerdo con la cual el mundo físico consiste simplemente en partículas inertes de materia interactuante y en choque con las demás. Según Descartes, las leyes que gobiernan el movimiento de esas partículas o “corpúsculos” constituyen la clave para comprender la estructura del universo copernicano. La filosofía mecánica prometía explicar todos los fenómenos observables en términos del movimiento de esos corpúsculos inertes, insensibles, y pronto se erigió en la visión científica dominante de la segunda mitad del siglo XVII; en cierta medida, se ha preservado hasta nuestros días. Figuras como Huygens, Gassendi, Hooke, Boyle y otros realizaron versiones de la filosofía mecánica, y su aceptación generalizada marcó la desaparición de la visión aristotélica del mundo.

La revolución científica culminó con el trabajo de Isaac Newton (1643-1727), cuyos logros no tienen paralelo en la historia de la ciencia. La obra cumbre de Newton es Los principios matemáticos de la filosofía natural, publicada en 1687. Newton estaba de acuerdo con los filósofos mecanicistas en que el universo consiste simplemente en partículas en movimiento, pero trató de perfeccionar las leyes de Descartes sobre el movimiento y las reglas de colisión. El resultado fue una teoría dinámica y mecánica de gran autoridad, basada en las tres leyes de movimiento de Newton y su famoso principio de gravitación universal. De acuerdo con este principio, todos los cuerpos en el universo ejercen una atracción gravitacional en los demás cuerpos; la fuerza de la atracción entre dos cuerpos depende del producto de sus masas y de la distancia entre ellos al cuadrado. Entonces, las leyes de movimiento especifican cómo afecta esta fuerza gravitacional el movimiento de los cuerpos. Newton elaboró su teoría con gran precisión y rigor matemáticos, inventando la técnica matemática que conocemos como “cálculo”. De manera asombrosa, demostró que las leyes de Kepler del movimiento de los planetas y la ley de Galileo de la caída libre (ambas con modificaciones menores) eran consecuencias lógicas de estas leyes del movimiento y la gravitación. En otras palabras, esas mismas leyes explicaban los movimientos de los cuerpos en los dominios terrestre y celeste, y fueron formuladas por Newton con una gran precisión cuantitativa.

La física newtoniana se constituyó en el marco de la ciencia durante los siguientes 200 años o más, remplazando a la física cartesiana. La confianza en la ciencia aumentó con rapidez en ese periodo, debido, en buena medida, al éxito de la teoría de Newton, de la cual se pensaba que había revelado el verdadero funcionamiento de la naturaleza y que podía explicar todo, por lo menos en principio. Se hicieron incluso minuciosos intentos por extender la forma de explicación de Newton a otros fenómenos. Los siglos XVIII y XIX atestiguaron notables avances científicos, sobre todo en el estudio de la química, la óptica, la energía, la termodinámica y el electromagnetismo. Pero en su mayor parte, se consideraba que esos desarrollos caían dentro de una amplia concepción newtoniana del universo. Los científicos aceptaban esta noción como correcta en su esencia; todo lo que había que hacer era aportar los detalles.

La confianza en las ideas newtonianas se desvaneció en los primeros años del siglo XX gracias a dos revolucionarios desarrollos en física: la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica. La teoría de la relatividad, elaborada por Einstein, demostró que la mecánica newtoniana no arroja los resultados correctos cuando se aplica a objetos con mucha masa, o a objetos que se mueven a velocidades muy altas. Por su parte, la mecánica cuántica reveló que la teoría newtoniana no funciona cuando se aplica en una escala muy pequeña, es decir, a partículas subatómicas. Tanto la teoría de la relatividad como la mecánica cuántica, en especial esta última, son conjuntos de ideas muy singulares y radicales, con postulados acerca de la naturaleza de la realidad que mucha gente encuentra difíciles de aceptar o incluso de entender. Su aparición causó una importante sacudida conceptual en la física, que continúa en la época actual.

Hasta ahora, nuestra breve historia de la ciencia se ha centrado en la física. Esto no es accidental, ya que esta área del conocimiento tiene una gran importancia histórica y, en cierto sentido, es la disciplina científica básica, pues los objetos estudiados por otras ciencias están hechos de entidades físicas. Considérese, por ejemplo, la botánica. Los especialistas de este ramo estudian las plantas, que finalmente están compuestas por moléculas y átomos, que son partículas físicas. Resulta obvio entonces que la botánica no es tan fundamental como la física, aunque no por eso es válido decir que tiene menos importancia. Sin embargo, hasta la descripción más sucinta de los orígenes de la ciencia moderna estaría incompleta si se omitiera toda mención a las ciencias no físicas.

En biología el suceso más relevante es el planteamiento, por parte de Charles Darwin, de la teoría de la evolución por selección natural, publicada en El origen de las especies en 1859. Hasta entonces se pensaba que Dios había creado por separado las diferentes especies, como enseña el libro del Génesis. Sin embargo, Darwin argumentaba que las especies contemporáneas en realidad evolucionaron de otras más antiguas a través de un proceso conocido como selección natural. Esta selección ocurre cuando algunos organismos generan mayor progenie que otros, dependiendo de sus características físicas; si esas características son heredadas por su descendencia, con el tiempo la población se adaptará cada vez mejor al ambiente. Según Darwin, a través de este proceso, que parece tan simple, una especie se convertirá en otra completamente nueva luego de un buen número de generaciones. Tan persuasiva fue la evidencia aducida por Darwin para su teoría que hacia principios del siglo XX se erigió en la ortodoxia científica a pesar de la considerable oposición teológica (figura 3). Investigaciones subsecuentes proporcionaron una sorprendente confirmación de la teoría de Darwin, que forma el núcleo de la visión biológica moderna del mundo.

El siglo XX fue testigo de otra revolución en la biología que aún no concluye: la aparición de la biología molecular, en particular de la genética molecular. En 1953 Watson y Crick descubrieron la estructura del ADJS1, el material hereditario que conforma los genes de las células en las criaturas vivientes (figura 4). Este descubrimiento reveló que la información genética puede copiarse de una célula a otra y pasar así de los padres a la descendencia, lo cual también explica por qué los descendientes tienden a parecerse a sus progenitores. Este emocionante descubrimiento abrió una nueva área de investigación biológica. En los cincuenta años que han transcurrido desde los trabajos de Watson y Crick la biología molecular ha avanzado con rapidez, transformando nuestra noción de la herencia y de la forma como los genes construyen organismos. El reciente logro de concluir una descripción a nivel molecular del conjunto completo de genes de un ser humano, conocido corno Proyecto Genoma Humano, es un claro indicio de cuán lejos ha llegado la biología molecular. En el siglo XXI seremos testigos de importantes desarrollos en este campo.

En los últimos cien años se han dedicado a la investigación científica más recursos que nunca. Uno de los resultados ha sido la explosión de nuevas disciplinas científicas, como la computación, la inteligencia artificial, la lingüística y la neurocienda. Tal vez el acontecimiento más significativo de los últimos treinta años haya sido el surgimiento de la ciencia cognitiva, que estudia áspenlos de la cognición humana como la percepción, la memoria, el aprendizaje y el razonamiento, y que ha transformado la psicología tradicional. Gran parte del entusiasmo por esta ciencia proviene de la idea de que la mente humana es, en algunos aspectos, similar a una computadora y que, por tanto, los procesos mentales pueden comprenderse si se les compara con las operaciones realizadas por las computadoras. La ciencia cognitiva aún está en pañales, pero promete revelar abundante información acerca del funcionamiento de la mente. Las ciencias sociales, en especial la economía y la sociología, también florecieron en el siglo XX, aunque muchos creen que se encuentran por debajo de las ciencias naturales en términos de sofisticación y rigor.

¿Qué es la filosofía de la ciencia?
La tarea principal de la filosofía de la ciencia es analizar los métodos de investigación utilizados en los diversos campos científicos. Quizá el lector se pregunte por qué esta tarea recae en los filósofos más que en los mismos científicos. Es una buena pregunta. Parte de la respuesta es que ver la ciencia desde una perspectiva filosófica permite develar suposiciones implícitas en la práctica científica, pero que los científicos no discuten en forma abierta. Para ilustrar esto, ubiquémonos en el ámbito de la experimentación. Supongamos que un científico realiza un experimento y obtiene un resultado particular. Repite el experimento varias veces y obtiene el mismo resultado. Después de eso es probable que se detenga, confiando en que si repite el experimento exactamente en las mismas condiciones, obtendrá el mismo resultado. Esta idea puede parecer obvia, pero como filósofos queremos cuestionarla. ¿Por qué se asume que las repeticiones futuras del experimento arrojarán el mismo resultado? ¿Cómo saber si esto es cierto? Es poco probable que un científico dedique mucho tiempo a desentrañar estas curiosas preguntas; con toda seguridad, tiene mejores cosas que hacer. En esencia se trata de preguntas filosóficas.

Así que parte del trabajo de la filosofía de la ciencia es cuestionar los supuestos que los científicos dan por hechos. Sin embargo, sería un error creer que los hombres de ciencia nunca discuten temas filosóficos. La historia registra a muchos científicos que han desempeñado un importante papel en el desarrollo de la filosofía de la ciencia. Descartes, Newton y Einstein son ejemplos prominentes. Ellos estaban muy interesados en las interrogantes filosóficas sobre cómo tiene que proceder la ciencia, qué métodos de investigación debe emplear, cuánta confianza debemos poner en esos métodos y si constituyen una limitante para el conocimiento científico, entre otras cosas. Como veremos, esas preguntas aún se encuentran en el corazón de la filosofía contemporánea de la ciencia. De esta manera, los asuntos de interés para los filósofos de la ciencia no son “meramente filosóficos”; por el contrario, han llamado la atención de algunos de los más connotados científicos. Sin embargo, hay que decir que muchos hombres de ciencia actuales prestan poca atención a la filosofía de la ciencia y tienen escasos conocimientos de ella. Si bien esto es desafortunado, no es una señal de que los temas filosóficos ya no son relevantes. Más bien es una consecuencia de la naturaleza cada vez más especializada de la ciencia, así como de la polarización entre las ciencias y las humanidades que caracteriza al sistema de educación moderno.

Tal vez el lector aún se pregunte qué es exactamente la filosofía de la ciencia. Afirmar que “estudia los métodos de la ciencia”, como hicimos antes, no es decir mucho. Más que tratar de proporcionar una definición de mayor amplitud, procederemos a considerar un problema típico de la filosofía de la ciencia.

Ciencia y seudocicncia
Recuérdese la pregunta con la que comenzamos: ¿Qué es la ciencia? Karl Popper, un influyente filósofo de la ciencia del siglo XX, pensaba que el rasgo fundamental de una teoría científica es que debe ser falseable. Asegurar que una teoría es falseable no quiere decir que sea falsa. Más bien significa que la teoría hace algunas predicciones definidas que se pueden probar contra la experiencia. Si estas predicciones resultan equivocadas, entonces la teoría ha sido falseada o refutada. Entonces, una teoría falseable es aquella que podemos descubrir que es falsa, es decir, que no es compatible con todos los posibles cursos de la experiencia. Popper consideraba que algunas teorías supuestamente científicas no satisfacían esta condición y, por lo tanto, no merecían llamarse ciencia, sino más bien seudociencia.

La teoría psicoanalítica de Freud era uno de los ejemplos favoritos de Popper de la seudociencia. Según este autor, la teoría freudiana se ajusta a cualquier hallazgo empírico. Sin importar cuál sea el comportamiento del paciente, los freudianos siempre encontrarán una explicación en términos de su teoría; nunca admitirán que su corpus teórico estaba equivocado. Popper ilustró su punto con el siguiente ejemplo. Imagínese un hombre que empuja a un niño a un río con la intención de asesinarlo, y a otro hombre que sacrifica su vida para salvar al niño. Los freudianos pueden explicar con la misma facilidad la conducta de ambos hombres: el primero era un reprimido, mientras que el segundo había alcanzado la sublimación. Popper argüía que a través del uso de conceptos como represión, sublimación y deseos inconscientes, la teoría de Freud podía ser compatible con cualquier dato clínico y, en consecuencia, no era falseable.

Lo mismo es aplicable a la teoría de la historia de Marx, según Popper. Marx afirmaba que en las sociedades industrializadas del mundo, el capitalismo daría paso al socialismo y por último al comunismo, Pero cuando esto no pasó, en vez de admitir que la doctrina marxista estaba equivocada, sus seguidores inventaron una explicación ad hoc de por qué lo ocurrido concordaba a pesar de todo con la teoría. Por ejemplo, decían que el inevitable avance del comunismo se había visto frenado de manera temporal por el surgimiento del Estado benefactor, que “suavizaba” al proletariado y debilitaba su vocación revolucionaria. De esta manera, la teoría de Marx era compatible con cualquier posible curso de los acontecimientos, al igual que la de Freud. En consecuencia, de acuerdo con el criterio de Popper, ninguna de las dos teorías califica como ge nublamente científica.

Popper contrastó las teorías de Marx y Freud con la teoría de la gravitación, de Einstein, también conocida como de la relatividad general. A diferencia de los primeros, Einstein hizo una predicción muy definida: que los rayos de luz de estrellas distantes podían ser desviados por el campo gravitacíonal del sol. En condiciones normales este efecto sería imposible de observar, excepto durante un eclipse solar. En 1909 el astrofísico inglés sir Arthur Eddington organizó dos expediciones para observar el eclipse solar de ese año, una a Brasil y otra a la isla de Príncipe, en la costa atlántica de África, con el propósito de probar la predicción de Einstein. Las expediciones encontraron que la luz de las estrellas era desviada por el sol en casi la misma cantidad predicha por Einstein. Popper estaba muy impresionado: la teoría de Einstein había hecho una predicción definida, precisa, que se confirmó con las observaciones. Si hubiera resultado que el sol no desviaba la luz de las estrellas, se habría demostrado que Einstein estaba en un error. Así, la teoría de Einstein satisface el criterio de falseabilidad.

La intuición nos dice que el intento de Popper de distinguir ciencia de seudociencia es muy razonable. En efecto, hay algo turbio en una teoría que puede ajustarse a cualesquier datos empíricos. Sin embargo, algunos filósofos consideran que el criterio de Popper es muy simplista. Éste criticaba a los freudianos y a los marxistas por explicar los datos que contradijeran sus teorías, en vez de aceptar que éstas habían sido refutadas. Ciertamente, el procedimiento levanta sospechas. Sin embargo, hay evidencia de que este mismo procedimiento es utilizado en forma rutinaria por científicos “respetables” —a quienes Popper no quiere acusar de practicar la seudociencia— y ha llevado a importantes descubrimientos científicos.

Esto puede ilustrarse con otro ejemplo del campo de la astronomía. La teoría gravitacional de Newton, de la que se habló antes, hacía predicciones acerca de las rutas que los planetas debían seguir en su órbita alrededor del sol. En su mayor parte, esas predicciones surgieron a partir de la observación. Sin embargo, la órbita observada de Urano difería en forma consistente de lo predicho por Newton. Este enigma fue resuelto en 1846 por dos científicos, Adams en Inglaterra y Leverrier en Francia, quienes trabajaron de manera independiente. Ellos plantearon que había otro planeta, aún sin descubrir, que ejercía una fuerza gravitacional adicional sobre Urano. Adams y Leverrier calcularon la masa y posición que este planeta debía de tener si su atracción gravitacional era la responsable del extraño comportamiento de Urano, Poco después se descubrió el planeta Neptuno, casi exactamente en el lugar predicho por Adams y Leverrier.

Está claro que el comportamiento de Adams y Leverrier no se puede catalogar como “acientífico”; después de todo, llevó al descubrimiento de un nuevo planeta. Sin embargo, ellos hicieron exactamente lo que Popper criticó de los marxistas: comenzaron con una teoría —-la teoría de la gravitación de Newton— que hizo una predicción incorrecta de la órbita de Urano. En vez de concluir que la teoría de Newton estaba equivocada, se aferraron a ella y trataron de explicar las observaciones conflictivas postulando la existencia de un nuevo planeta. En forma similar, cuando el capitalismo no mostraba signos de ceder el paso al comunismo, los marxistas no aceptaron que la teoría de Marx era incorrecta, sino que la defendieron y trataron de explicar por otras vías las observaciones conflictivas. Así que, ¿es injusto acusar a los marxistas de practicar una seudociencia si permitimos que lo realizado por Adams y Leverrier se considere ciencia buena y, en consecuencia, ejemplar?

Esto implica que el intento de Popper de diferenciar ciencia de seudociencia no puede ser muy correcto, a pesar de su sensatez inicial. Sin duda, el ejemplo de Adams y Leverrier es atípico. En general, los científicos no abandonan sus teorías cuando éstas entran en conflicto con los resultados de las observaciones, sino que buscan cómo eliminar el conflicto sin tener que renunciar a sus ideas. Vale la pena recordar que en ciencia casi todas las teorías chocan con algunas observaciones; es muy difícil encontrar un corpus teórico que se ajuste a la perfección a los datos. Por supuesto, si una teoría es cuestionada por la información recabada y no se encuentra la forma de explicar esa contradicción, entonces dicha teoría tendría que rechazarse. Sin embargo, habría muy pocos avances si los científicos simplemente abandonaran sus teorías al primer signo de problemas.

La falla en el criterio de distinción de Popper arroja una importante pregunta: ¿en realidad es posible encontrar un rasgo común a todo lo que llamamos “ciencia”, que no sea compartido por nadie más? Popper suponía que la respuesta a esta pregunta era afirmativa. Pensaba que las teorías de Freud y Marx eran claramente acientíficas, de modo que debería de haber una característica de la que carecieran y que formara parte de las teorías científicas genuinas. Sin embargo, al margen de si aceptamos o no la evaluación negativa de Freud y Marx, el supuesto de Popper de que la ciencia tiene una “naturaleza esencial” es cuestionable. Después de todo la ciencia es una actividad heterogénea, que comprende un amplio espectro de teorías y disciplinas diferentes. Puede ser que compartan rasgos definitorios de lo que se considera ciencia, pero también puede ser que no. El filósofo Ludwig Wittgenstein argumentaba que no hay un conjunto establecido de características que definan lo que va a ser un “juego”. Más bien hay un grupo de rasgos, la mayoría de los cuales son comunes a casi todos los juegos. Sin embargo, es posible que alguno de los juegos carezca de una de las características del grupo y aun así continuar siendo un juego. Lo mismo puede ocurrir con la ciencia, en cuyo caso es poco probable que se encuentre un criterio para distinguir ciencia de seudociencia.


ACTIVIDAD 1
1. Describe tu postura, a favor o en contra, de la siguiente expresión: la ciencia el intento de comprender, explicar y predecir el mundo en que vivimos”.

2. ¿Por qué la definición de ciencia resulta más compleja de lo que parece a primera vista?

3. Completa el siguiente cuadro sobre los Precursores:

PENSADOR
POSTURA







4. Determina cuándo se inició el proceso histórico que llevó al descubrimiento de la ciencia.

5. Indica los aportes de los siguientes científicos al progreso de la ciencia:

CIENTÍFICO
FECHA
APORTES A LA CIENCIA
Nicolás Copérnico


Johannes Kepler


Galileo Galilei


Rene Descartes


Isaac Newton


Charles Darwin


Watson y Crick



6. Investiga tres conceptos de Filosofía de Ciencia, indicando el autor de cada uno, y luego elabora el tuyo propio.

7. Resume la distinción plante sobre la ciencia versus la seudociencia.

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